Esta ponencia propone un análisis y diálogo entre las cartografías colaborativas (digitales) construidas desde la VGI (Volunteer Geographical Information) como prácticas sociales pensadas desde la post representación de una realidad, y la forma en que esta información está basada en una mirada masculina que invisibiliza la posibilidad de enunciación de las mujeres dentro de campos organizacionales como los colectivos abiertos del estilo de OpenStreetMap. Los intereses enfocados a género se ven subrepresentados en los mapas colaborativos, se producen sesgos inconscientes dentro de una comunidad (conformada casi en su totalidad por hombres blancos, educados, clase media, heterosexuales) que finalmente no pone en discusión sus privilegios y esto se ve manifestado en el tipo de datos que se utilizan para representar el territorio.
Las estructuras de datos, significaciones, símbolos y epistemologías que se ven expresadas en proyectos de información geográfica voluntaria (VGI) generan factores de exclusión que no abarcan la diversidad de experiencias de algunos grupos sociales que también participan. La emergencia del tema viene a partir del cambio de paradigmas sobre la construcción de las cartografías a partir de la VGI. Según Agnieszka Leszczynski y Sarah Elwood, investigadoras de las escuelas de Geografía de la Universidad de Washington y la Universidad de Birmingham, la inequidad de género en una comunidad como OSM, se fundamenta desde el liderazgo editorial conferido a una mayoría masculina, que tiene una autoridad implícita avalada dentro del discurso de “comunidad abierta y democrática” que plantea las verdades de un mundo construido por una visión masculinizada, ya que determinan qué puede o no existir dentro de un esquema de datos espaciales.
Las cartografías digitales producidas de manera colaborativa, pensadas como prácticas (performáticas) cargadas de subjetividades que encuentran en un devenir constante entre quienes las producen y quienes las consumen, teniendo un foco sobre los modos de organización colectiva y generación de conocimiento alternativo, pensando la performatividad como irruptiva, como una práctica que rompe, interviene y perturba. Como afirma Kitchin (2010), “los mapas no emergen de la misma manera para todas las personas. emergen de manera contextualizada a través de una mezcla creativa, reflexiva, juguetona, táctil de prácticas cotidianas; afectadas por los sentidos, experiencias y habilidades de la persona que mapea, y aplica los mapas en el mundo”.
La cartografía es la herramienta que ha estado naturalizada históricamente por el poder, son representaciones de “realidades e identidades” generadas por una X cantidad de sujetos con una visión dada del espacio, del territorio, del tiempo. Se puede pensar la cartografía desde una visión crítica entendiendo que no existe un un solo territorio o un solo mapa estático, sino que se encuentra en un constante estado de ser, las cartografías críticas promueven la exploración en lugar de la simple presentación de los datos. Ahora, se trata de entender que la disputa radica sobre qué es la cartografía y quién la define. El poder determina las espacialidades, y el territorio es una densidad compleja e indeterminada que tiene múltiples puntos de vista y formas de ser transitado. Se plantea la cartografía (crítica) como práctica, y los mapas, como productos sociales y operaciones discursivas que se encuentran inextricablemente ligados a varios sistemas de poder y conocimiento. (Olaya, 2016).
Lo identitario entra en colisión en este tema porque las cosas que se creían fijas y estables, como los mapas, ya no lo son. El territorio se imaginaba hasta hace muy poco como algo eterno, y las cartografías impresas no contaban con la posibilidad de edición, estaban dichas por una cantidad limitada de personas, mayormente hombres. Los intereses enfocados a género se ven subrepresentados en los mapas colaborativos, se producen sesgos inconscientes dentro de una comunidad (conformada casi en su totalidad por hombres blancos, educados, clase media, heterosexuales) que no está dispuesto a poner en en discusión sus privilegios como constructores de realidades. Ahora la territorialidad es fluida y está atravesada por lo social, lo geológico, lo climático, lo político y económico. Hoy en día se transita del antiguo paradigma sobre el conocimiento desde las ciencias más duras para la creación y formulación de las realidades sobre el territorio(s) desde las cartografías. Se busca problematizar los nuevos paradigmas de producción de conocimiento desde las epistemologías decoloniales del sur, que buscan reflexiones emancipatorias a viejos campos desde nuevos enfoques que sitúan el conocimiento, a través de una mirada desde la complejidad crítica.
Se pensaba el territorio como algo estático, pero desde una perspectiva de los Frentes Culturales de Jorge González, se plantea que “aquello que consideramos y vivimos como normal, evidente, verdadero y obvio en cualquier lugar y tiempo debe ser entendido como un estado momentáneo de un orden simbólico colectivo y provisional.” Estas obviedades territoriales se dan en base a que se piensa el espacio desde la movilidad del hombre, no desde las necesidades de las mujeres. Entonces se puede afirmar que vivimos en una especie de mundo cartográfico, donde rige la comunicación y el discurso del poder hegemónico, las nuevas formas de producción cultural, y los avances tecnológicos que entran en contradicción con las bases sociales que buscan plantearse nuevas tácticas de resistencia, como sería la emergencia de las cartografías y la geografía feminista y de género, al entender que el sistema y los procesos antisistema no son binarios ni antagónicos, sino que van en una suerte de paralelo.
Las nuevas tecnologías de información y comunicación social son parte de los procesos políticos, económicos, sociales y culturales de la 'modernidad', una suerte de modernidad fluida y líquida (Bauman: 2015), que circula entre la vinculación de la individualidad de los sujetos con la posibilidad de acciones colectivas, o 'comunitarias' en los territorios, a su vez, se han convertido, como afirma Feenberg (1991), en nuestro ambiente y modo de vida, rediseñándose continuamente para encontrar un balance en la adaptación de los giros sociales y culturales con las que se enfrentan. A través de las nuevas tecnologías, se pueden construir y compartir nuevos relatos, es posible encontrar una manera de producir una nueva narrativa colectiva y creativa, es la 'digitalización de las interacciones sociales' (Benitez; 2013: 170) articulada dialógicamente con las experiencias culturales situadas tanto en lo material como en lo simbólico, en lo físico y lo digital desde un sistema de complejidades.
Las tecnologías, entendidas como construcciones sociales, al igual que los territorios, están sujetas a los contextos en que se producen y el tiempo en el que transitan. Hine afirma que la tecnología tiene "significados culturales diferentes según los contextos en que es empleada" (Hine; 2004: 43), y es así que las aplicaciones tecnológicas cobran diferentes sentidos según el momento histórico-temporal en que se están situadas, se producen y reproducen dentro de una heterogeneidad de interacciones. La capacidad de acceso a las nuevas tecnologías, por ejemplo, a través de dispositivos móviles modifica los límites entre una realidad tangible y una realidad cibernética, como podría verse con los sistemas de realidad aumentada o la locative media, que posibilita nuevas cartografías construidas colectivamente como el caso del proyecto de OpenStreetMap. Es a través de estas nuevas mediaciones que los bienes culturales encuentran otros espacios y escenarios de circulación que posibilitan nuevas redes sociales de interacción y de interpretación. Como afirma María Cristina Mata (1999), al momento en que se logra superar la idea de reducir los medios a simples canales informativos y empezar a pensar la cultura de manera articulada con los medios y las tecnologías, es que se puede comenzar a entender que éstos son parte de una nueva "matriz de producción simbólica dotada de estatuto propio y complejo en tanto fundía anteriores modos de interacción con nuevas formas expresivas, anteriores circuitos de producción con nuevas estrategias discursivas y de recepción" (Mata; 1999: 86), por lo que las tecnologías no se definen únicamente como herramientas, en tanto la comunicación tampoco se define sólo comunicacionalmente. Son entramados y experiencias que emergen desde las mismas apropiaciones y sus usos entendiéndolos como prácticas culturales en comunidad.
Las comunidades como OpenStreetMap desafían las instituciones que históricamente rigieron el conocimiento cartográfico, y surgen así, como tácticas de resistencia dentro de un nuevo modelo de producción de conocimiento territorial y cartográfico alternativo al capitalismo y su función definitoria de los territorios. Rocío Rueda (2008) hace énfasis en la nueva capacidad de reterritorialización que se genera desde experiencias de intercambio de saberes a través de prácticas 'espacializadoras' como son las nuevas tecnologías de localización y así llegar a un "renacimiento de la experiencia singular y sensible de las personas con los lugares y sus historias." (Rueda; 2008: 16).
En conclusión, esta ponencia, que es parte de un proyecto doctoral en Comunicación, busca dialogar con las prácticas de creación, recolección, curaduría y visibilización de datos, ya que aquellos que dominan el campo de saber tecnológico, dominan también las formas en que se transmite el conocimiento. Transformaciones de resistencia o conciliación del uso de las representaciones cartográficas desde el mapeo como práctica crítica.