El proyecto de trabajo que quisiera realizar responde a una motivación disciplinar por reactualizar el diálogo y la creación conceptual por parte de la psicología comunitaria, en la que me desempeño, con el lenguaje y saberes producidos por los movimientos sociales actuales. La psicología comunitaria puede ser comprendida como un programa desarrollado por distintos grupos de psicólogos que, en diversos contextos, abogaron por una ampliación en la comprensión de las problemáticas asumidas como “psicológicas” y propusieron nuevas formas de relacionarse con los sujetos y comunidades con quienes trabajaban, en pos de impulsar transformaciones en sus condiciones de vida.
Cercana a los movimientos y luchas sociales, la psicología comunitaria latinoamericana emerge en la década de 1960 como un campo de teoría y praxis, disciplinario y transdisciplinario, que pretendió contribuir y transformar las condiciones de opresión y pobreza de grupos subalternos, a partir de un ejercicio profesional y el desarrollo de investigación asociada a su práctica.
La psicología comunitaria latinoamericana se ha caracterizado por ser disciplina autorreflexiva, que asume las tensiones inherentes a su propuesta teórica práctica. Se trata de una disciplina problematizadora de los contextos sociohistóricos estructurales, centrada en el fortalecimiento de comunidades locales y basada en el respeto de los saberes populares, pero que encuentra hoy sus espacios de crecimiento en las instituciones universitarias y gubernamentales, usualmente tecnificadas, centradas en el desarrollo y con un carácter anglo y eurocéntrico. La psicología comunitaria asume estas contradicciones de manera reflexiva, vigilante de sus prácticas, con espacio de crítica interna permanente desde sus orígenes.
Esto ha implicado un cuestionamiento permanente acerca de sus metodologías, su relación con las comunidades, las instituciones, la lógica de su trabajo, el impacto en la sociedad y la relación entre teoría y práctica (ver, por ejemplo, Wiesenfeld 2014; Berroeta 2014; Flores 2014). En particular, este último punto implica la pregunta acerca del rendimiento de sus desarrollos conceptuales e, incluso, del uso de metáforas asociadas a la intervención comunitaria (como muestra Martínez, 2014).
Siguiendo las ideas de Deleuze & Guattari (1991/2009), los conceptos remiten a un problema o a una encrucijada de problemas que cada autor identifica de manera original, con un enfoque novedoso. Esta propuesta sobre la naturaleza y función de los conceptos que resalta su valor crítico para producir nuevos problemas, ir contra su tiempo y abrir las posibilidades de pensar. Los conceptos cumplen una función disruptiva, que desafía la estabilidad propia del conocimiento, al menos la comprensión acumulativa que se puede tener de éste. Los conceptos resultan necesarios para pensar, problematizar (Montero, 2006), desmontar la “naturalización de lo social” (Lechner 2202/2006) y tomar conciencia de las condiciones de vida para transformarla, como proponía Freire (1970) y Martín Baró (1980). Solo luego de cumplir este rol desestabilizador esos conceptos pueden abrir caminos que permitan generar conocimientos (y metodologías) orientados a esas transformaciones.
Al afirmar esta idea, resulta muy interesante retomar el diagnóstico planteado por Boaventura de Soussa Santos (2011) en relación a cómo la teoría crítica (asociada a la lucha y la transformación social) ha perdido fuerza en términos de plantear conceptos (sustantivos) y solo ha podido, en el mejor de los casos, agregar algo (adjetivos) a las nociones hegemónicas para intentar contrarrestar su dominio. El problema, para Santos, se intensifica ya que son los sustantivos, los conceptos, quienes marcan los límites de la legibilidad, inteligibilidad y legitimidad de los debates sociales.
Este diagnóstico parece comulgar con lo que pasa en actualmente con algunos de los conceptos más caros a la psicología comunitaria. Al respecto, el psicólogo argentino Saúl Fucks advierte sobre los usos de la noción de “empoderamiento”, tan presente en políticas sociales, donde es posible “demarcar una nítida línea divisoria entre las propuestas coherentes y aquellas otras en las que se trata de una mera consigna, un aspecto de la creciente naturalización del término, un recurso demagógico o una manera de conseguir alianzas necesarias” (Fucks 2007: 21-22)
Algo similar parece suceder con la noción de participación, aunque esta ha sido problematizada desde mucho tiempo atrás. Por ejemplo, las clásicas distinciones de Sherry Arstein (1969) y los trabajos que la sucedieron (Guillen, Sáenz, Badii & Castillo 2009 ofrecen una buena recopilación) intentaron determinar niveles de participación distinguibles cualitativamente. De forma más actual, Euclides Sánchez (2011) y Ana Gloria Ferrullo (2006) ha intentado seguir la pista y resignificar la noción de participación de forma más propia la para la psicología comunitaria.
A estas dificultades se puede agregar el hecho de que conceptos que reconocían e impulsaban la fuerza de grupos subalternos han sido coaptados por instituciones estatales e incluso por el mundo empresarial (participación, comunitario, responsabilidad social, empoderamiento), perdiendo con ello parte de su resonancia con los mundos populares. En este sentido también se puede destacar la influencia “desarrollista” (Rozas 2014) de las grandes agencias transnacionales (FMI, Banco Mundial, entre otros) que marcan la pauta de políticas estatales y para algunas ONG’s, tanto en términos de su financiamiento pero también del “lenguaje” para definir los problemas sociales y sus soluciones. En un último nivel, pero que no deja de ser llamativo, es posible observar como ciertas nociones críticas se han banalizado hasta el extremo de perder su compromiso intelectual y ser adoptados, vacíos de todo significado, como clichés por distintos grupos sociales.
En este escenario, pareciera pertinente el diagnóstico de Santos (2011) sobre la pérdida de conceptos que permitan acompañar proyectos alternativos de construcción social. Nuestros conceptos deben denunciar, deben plantear alternativas contrahegemónicas al modelo capitalista, patriarcal, colonial y racista que domina nuestras sociedades. Precisamos que nuestros conceptos permitan problematizar la realidad, pero que también tengan un componente normativo (que nos permita juzgar el mundo en que vivimos) en función de un proyecto concreto que nos motive a ir adelante en esas transformaciones.
En este sentido, propongo intensificar los diálogos de la psicología comunitaria con los aportes de las movimientos feministas, afrodescendientes, indígenas, migrantes, juveniles, contraculturales, migrantes, queer, ecologistas, así como con sus desarrollos de conocimiento, en su diversidad de regímenes: discursivos, expresivos, performáticos. Así también, reconocer la agencia de movimientos sociales que han subvertido ciertos conceptos hegemónicos para usarlos de forma contrahegemónica (Santos 2013) y que nos invitan a comprender, de nuevas formas, nuestros viejos conceptos.
Se trata, en suma de preguntarnos ¿Cómo nos hacemos cargo de las nuevas lecturas de la realidad y los proyectos de transformación social de los movimientos sociales que hoy luchan contra el capitalismo, el patriarcado y el colonialismo? ¿Qué desafíos enfrentamos, a nivel conceptual, para realizar una lectura crítica de las condiciones y fenómenos actuales de opresión? ¿Cuáles son las limitaciones de nuestro andamiaje conceptual? En síntesis ¿Qué creaciones conceptuales son necesarias para realizar el proyecto transformador y contrahegemónico que propone la psicología comunitaria en las luchas actuales?