La religión se entiende como un conjunto de creencias y normatividad que es compartida por un grupo de personas, con el objetivo de construir vínculos con un ser divino, y que tiende a la institucionalidad. Esto es, la religión como institución social universal: Iglesia. Este carácter externo (institucionalidad) hace referencia a la interacción directa o indirecta de la institución religiosa con la sociedad de la que hace parte. Tomando como piedra de toque lo expuesto anteriormente, la religión puede ser expresada como ideología en tanto que sistema de cosmovisiones, cuyo contenido expresa ideales de vida buena y, por ende, forja identidades y patrones de comportamientos de los sujetos. Ahora bien, teniendo claro el concepto de la religión como ideología (manipulación y arbitrariedad subjetiva), podemos agregar su alta probabilidad de imponer y producir efectos en la acción de sus adeptos. Esto es, primeramente, la religión como institución de poder. Dicho poder se legitima en dos aspectos: primero, la aceptación acrítica de sus postulados. Todo valor ético y moral expuesto por la religión deberá ser admitido y ejercido con la esperanza de obtención de la salvación. Segundo, el papel de los líderes carismáticos, entendiendo el carisma como la capacidad de demostrar las hazañas, milagros y triunfos obtenidos por la bendición de Dios. ¿Pero exactamente de qué forma la Iglesia impone su visión de mundo como legítima, y construye la identidad y formas de comportamiento de sus adeptos? Según nuestro punto de vista, se materializan las ideologías a través de las herramientas del lenguaje. Así las cosas, la construcción de las identidades se constituyen a partir de procesos de socialización de los aparatos discursivos, de los ámbitos institucionales, de estrategias enunciativas y de los juegos de poder en espacialidades y temporalidades concretas. No obstante, el lenguaje y la acción social mantienen una relación mediata y no determinista, cuya mediación está dada contradictoriamente por la esperanza, que se manifiesta en los movimientos socio-religiosos.
En lo que se refiere a nuestro objeto de estudio, se determinó que las Iglesias católica y evangélica en Cartagena utilizan herramientas discursivas, tales como metáforas, analogías, promesas, amenazas, argumentos por autoridad y actos de habla, con el objetivo de diseñar patrones de creencias y comportamientos en los feligreses. Dichas pautas pueden ser resumidas en nueve aspectos, que a continuación serán enumerados, al tiempo que se muestra el comportamiento al que tiende una persona promedio con alto nivel de religiosidad en la ciudad.
Cabe aclarar aquí que, el objeto de estudio de la investigación son, por un lado, los individuos residentes en la ciudad de Cartagena de Indias (Colombia) que cumplieron con las siguientes características: primero, que pertenezcan a los estratos socioeconómicos bajos y medio de la ciudad (estratos 1, 2 y 3) y, segundo, que sean adeptos de la religión evangélica o católica. La metodología usada fue triangular, a partir de un modelo econométrico aplicado en 2013 se decidió analizar los enunciados sobre el diezmo, matrimonio, roles de género, educación, bienes religiosos y condiciones materiales de vida.Se aplicaron entrevistas abiertas tanto a personas de estrato socioeconómico 1, 2 y 3, adeptas a la religión católica y evangélica, como a sacerdotes y pastores de dichas instituciones religiosas para mirar concretamente las materializaciones de la ideología en las palabras. Para esto, se estudiaron bajo el enfoque pragmático, específicamente identificamos los actos de habla como los lugares donde se especifican las socialidades contradictorias.
1) Diezmar como forma de combatir la pobreza: pertenecer a estratos socioeconómicos bajos; es decir, vivir en pobreza, aumenta la probabilidad de diezmar en 29,45% y las personas que se autodenominan evangélicos incrementan su probabilidad de dar diezmo en 22,49% con respecto a las personas de otras religiones.
2) El matrimonio solo puede ser una unión entre hombre y mujer, y bajo la dominación del hombre, cuya finalidad es la superación individual y de pareja, además de la multiplicación de la especie. Solo el 4,1% de las personas religiosas están divorciadas y las personas que afirmaron no tener religión alguna disminuyen su probabilidad de estar casados en un 30%. Ser evangélico equivale a tener más hijos (49,7%) que el resto de la población cartagenera.
3) El hombre siempre será la cabeza del hogar a menos que la mujer enviude o sea abandonada. Así, el 67% de los hogares de la ciudad tienen a una persona de género masculino como cabeza de hogar. No se presentaron casos de mujeres, dentro de la religión evangélica, que fueran cabeza de hogar y que no tuvieran trabajo a pesar de que el 33% de los hombres que ocupan este rol están desempleados.
4) El rol de la mujer es la sumisión ante su esposo, quién le proporcionará la satisfacción de sus necesidades afectivas y materiales; a cambio, ella deberá ser una ama de casa ideal y estar dispuesta a tener sexo cada vez que su pareja lo requiera. Dentro de la comunidad evangélica se encuentra que el 39% de las mujeres y el 24, 6% de las católicas son amas de casa. De forma probabilística, se encontró que las mujeres religiosas poseen una mayor tendencia a dedicarse a las labores del hogar: 79% las católicas y 99% las evangélicas. Con respecto al papel de proveedor del hombre, se encontró que existen menos probabilidades de que conserve su papel de jefe de hogar entre menor sea su rango de ingresos. Si devenga menos de 170 dólares al mes es 19,37% menos probable que sea la cabeza en comparación con las personas que poseen más ingresos.
5) Todo tipo de bien religioso –escapularios, biblia, libro de oraciones (varía los tipos de bienes según sean católicos o evangélicos)– debe ser adquiridos para la protección ante la inseguridad, violencia y malas intenciones de las personas; además, genera crecimiento espiritual: los evangélicos compran bienes religiosos una vez al mes o varias veces al año y el hecho de ser católicos incrementa la probabilidad de comprar de forma bimensual o trimensual bienes con carácter religioso en un 3,87% y, en general, el catolicismo tiene un efecto positivo de 56,3% sobre la probabilidad de compra. Además, se encontró que las personas que asisten a los templos (católicos y evangélicos) semanalmente tienden a consumir este tipo de objetos en un 25,74% más.
6) La pobreza debe ser aceptada: el nivel de ingreso de los católicos y evangélicos es bajo y en general, mantienen un nivel de vida medio-bajo. El modelo econométrico muestra que las personas que oran semanalmente, o más, bajan su oportunidad de poseer casa propia en un 20,74%. La probabilidad de estar trabajando es reducida en un 58% si se es católico y en 71% si se es adepto a la Iglesia evangélica.
7) No se debe trabajar más horas disminuyendo el tiempo dedicado a la oración y a la Iglesia: las mujeres tienden a dedicar más horas al templo, lo que se relaciona con la cifra de desempleo femenino en la ciudad –solo resalto aquí la relación, no causalidad. Los trabajadores evangélicos laboran, en su gran mayoría, menos horas que los ciudadanos ocupados.
8) Es necesario tener ahorros, entendiendo este como acumulación de dinero: la mayoría de los cartageneros (52,1%) afirman poseer el hábito para exaltar o sacralizar esta práctica. No obstante, las estimaciones del modelo probit mostró que ser católico reduce a probabilidad de ahorrar en un 38,58%, y poseer un alto nivel de religiosidad lo hace en 21,14%.
9) La educación es un aspecto fundamental de acuerdo a los discursos religiosos de la ciudad. No obstante, la fe debe prevalecer ante la razón: los adeptos evangélicos y católicos tienen bajo nivel escolar, no hay evidencia en la población encuestada de feligreses cristianos-evangélicos con posgrado, y pertenecer a dicha religión incrementa la probabilidad de cursar hasta la secundaria en un 13,24%.
A partir del resumen de los puntos anteriores no resultaría complejo inferir que en el fondo existe una influencia religiosa negativa en el bienestar de sus seguidores. Pero, a nuestro juicio, es necesario ver en la experiencia religiosa una lucha constante ante la muerte y la miseria. Es decir, en el sistema que genera las condiciones de desesperación, tristeza, angustia y dolor cotidiano, podemos destacar dimensiones negativas y críticas al mundo. Es necesario entonces, desprenderse de la idea que la relación es solo una confrontación entre dominados y dominadores, entre víctimas y victimarios. Los dominados, esos que actúan según las creencias y las pautas religiosas, siempre lo hacen esperanzados en algo. En último término, lo que media entre el lenguaje religioso y la acción social, entre la religión y las decisiones socioeconómicas de los cartageneros, entre las creencias y la realización de la vida como vida buena, es la esperanza.