Los medios de comunicación han sido desde su origen, constructores y difusores de imágenes y significados, que corresponden tanto con el momento histórico de emergencia, como con las relaciones de poder vigente, en las cuales algunos discursos se institucionalizan y con ello las prácticas sociales y las formas en que estas son valoradas. En otras palabras, como plantea Calzada, retomado a D`Adamo, “los medios de comunicación “reconstruyen cogniciones socialmente compartidas y formas de interpretar la realidad” y son medios de “transmisión y creación de imágenes, ideas, información y acontecimientos que forman parte de los sistemas políticos, sociales y culturales. (2015, p. 30)” .
Esto ubica a los medios como escenario de disputa por los códigos de comunicación y significación social, en este caso, en la disputa por la memoria histórica. Es decir, ejercer el poder, no con el uso de violencia física, sino con la difusión de códigos de comunicación y significación que permitan institucionalizar un discurso, para Foucault (1977), esto se relacionaba con la norma como “la institución judicial, que se integra cada vez más en un continuum de aparatos (medios, administrativos, empresariales, mediáticos…) cuyas funciones son sobre todo reguladoras, de tal forma que la norma es la manera en que el poder sea un poder esencialmente normalizador. (Calzada, 2015, p 20). Es así que el poder, no es algo que se posee, no es una cosa, es una relación, que puedo ser, como expone Casttels asimétrica, en la cual un actor social puede tener mayor grado de influencia sobre otros y favorecer, su voluntad, intereses y valores. Sin embargo “siempre existe la posibilidad de resistencia que pone en entredicho la relación de poder. (Casttels, 2009, p. 34)”
Es así que “para desafiar las relaciones de poder existentes se necesitan discursos alternativos que puedan vencer la capacidad discursiva disciplinaria del estado como paso necesario para neutralizar su uso de la violencia” (Casttels,2009, p. 41) y promover la diversidad, capacidad creativa y comunicativa de las personas y comunidades que pasarían de ocupar el lugar del receptor, al del emisor. Receptor, desde una mirada crítica en tres niveles distintos; como productor de contendidos, como consumidor de contenidos y como sujeto político. Esta dinámica en la relaciones de poder y el uso de los medios, tiene hoy amplias posibilidades, dadas las redes múltiples de conexión y acceso a tecnologías de comunicación. Sin embargo el problema de la comunicación, sus contenidos y la memoria histórica no se agota en el uso de las tecnologías.
Este proceso requiere de una acción educomunicativa que Castro, citando a De Oliveira, define como “el conjunto de las acciones de carácter multidisciplinar inherentes a la planificación, ejecución y evaluación de procesos, programas y productos destinados a la creación, reforzamiento y desarrollo –en determinado contexto –de ecosistemas comunicativos abiertos y dialógicos, favorecedores del aprendizaje colaborativo a partir del ejercicio de la libertad de expresión, mediante el acceso y la inserción crítica y autónoma de los sujetos y sus comunidades en la sociedad de la comunicación, teniendo como meta la práctica ciudadana en todos los campos de la intervención humana. (Castro, p.121)”
Ello implica que los contenidos que desde una estrategia educomunicativa se generan, son resultado del saber que las comunidades y sujetos pueden producir de manera contextual. Al respecto Freinet propone que “encarar el saber como producto social, remite no solo al acto de compartirlo y comunicarlo, sino también al proceso de su construcción y a las fuentes desde las cuales se lo construye. (…) Al par que preocuparse por suministrar contenidos, la educación debiera enseñar a sus educandos a procurar sus propias fuentes de información y de consulta; a dialogar con su medio y con su propia experiencia de vida. (Kaplún, 2001, p. 42)” .
Lo que daría origen a la construcción de mensajes propios que rompe con la marcada tendencia de lo medios de adecuar contendidos de carácter global, a características locales, a manejar el tiempo de manera discontinua y presentar los hechos sin historización alguna y en ocasiones, instaurando discursos que, en palabras de Kaplún (2001), colonizan el futuro. Estos discursos que circulan a diario, y son en muchos casos aceptados por la población, van posicionado una versión sobre la memoria histórica, Paloma Aguilar “circunscribe “la expresión ‘memoria histórica’ a la interpretación (no recuerdo) del pasado que comparten de forma mayoritaria los miembros de un grupo [...] que disponen de un sentimiento de identidad común (familiar, profesional, de género, local, nacional, etc.) [...] que se habrá ido construyendo sobre la base de dichas interpretaciones compartidas”. (Aguilar, 2008)
El tema de paz en Colombia y los acuerdos de la Habana son algunos ejemplos que pueden ilustrar el posicionamiento de un discurso hegemónico más relacionado aún, con un lógica contrainsurgente, que a una de paz. En la que el discurso de los medios, alude a la democracia como camino a la paz, pero se da voz de manera mayoritaria a quienes repudian la participación política de las FARC. Sin hacer mayor mención de las causas y efectos del conflicto armado y sus diversos actores sociales. Por el contrario dando cabida al discurso de un futuro incierto si la izquierda llega a ganar las elecciones. Colombia como una segunda Venezuela…
Este discurso ligado a una fragmentación del tiempo y supresión de actores sociales, es denominada por Casttels como el tiempo atemporal.
“El tiempo atemporal, el tiempo de la sociedad red no tiene pasado ni fututo. Ni siquiera pasado reciente(…). De forma que las relaciones de poder se construyen en torno a la oposición entre el tiempo atemporal y las demás formas de tiempo. El tiempo atemporal, el tiempo del breve «ahora», sin secuencia ni ciclo. Pero el tiempo de reloj del taylorismo sigue siendo el destino de la mayoría de los trabajadores, y el tiempo de longue durée de los que imaginan lo que le va a pasar al planeta, es el tiempo de los proyectos alternativos que se niegan a someterse al dominio de los ciclos acelerados del tiempo instrumental. (Casttels, 2009, p.82)”
Esta tiempo sin secuencia ni ciclo, que se comunica a diario, tiene en la producción de saberes y conocimientos de las comunidades y sujetos un lugar de disputa que para el caso de la producción radial desde la educomunicación, tienen un carácter colaborativo y contextual. Ubican a los sujetos en una necesaria relación de “saber es comunicar”, Kaplún lo relaciona con el proceso de enseñanza aprendizaje “El proceso de enseñanza-aprendizaje tiene, sin duda, un componente de contenidos que es menester transmitir, pero necesita ineludiblemente ser -en gran medida- un descubrimiento personal, re-creación, reinvención. (2001, p. 35).”
Proceso que conlleva a la auto comunicación de masas (Casttels, 2009), a una nueva forma de comunicar y establecer, desde el tiempo de larga duración, referentes de memoria Histórica que, en el marco de pos acuerdo, tiene importancia política, dadas las versiones hegemónicas que sobre el pasado y el conflicto armado en Colombia existen y los discursos de futuro que invitan a la población a dar vuelta a la página, como si las condiciones del conflicto ya hubiesen sido superadas. Al respecto Castro, retomado a Bustamante, plantea;
“El enfoque latinoamericano la concibe -a la educomunicación- como la “vía para construir procesos simbólicos que conducen a la consolidación de formas culturales auténticas y libres, donde hay mayor espacio para la participación, la interacción y la construcción simbólica” (Castro, 2011, p.121)”
Es así que un proyecto educomunicativo de radio, enfocado a la construcción de la memoria histórica en el marco del pos acuerdo, implica la vinculación y participación directa de las comunidades y sujetos en el proceso de reconstrucción de narrativas y experiencias desde sus contextos.