Si entendemos la educación como un derecho humano fundamental regido bajo la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, será inevitable no asociarlo con una progresiva y sostenida expansión de los sistemas escolares en toda Latinoamérica, combatiendo, aparentemente, una enorme desigualdad social que durante años había sido el fundamento de la existencia del ser humano, un aumento de la esperanza de vida escolar, un aumento significativo de docentes por estudiante y a su vez una disminución de las brechas de genero dentro del sistema. Sin lugar a dudas este panorama se vislumbra encantador y seductor, empero, es posible y necesario advertir que cuánto mas se ha proclamado una universalización de la educación, verbigracia el PND “Colombia la mejor educada…” mas se ha agudizado la enorme brecha de desigualdad que se cimenta sobre la base de las políticas públicas, en tanto que, como lo plantea Gentili (2009), se genera un proceso de “exclusión incluyente”, esto es, “un proceso mediante el cual los mecanismos de exclusión educativa se recrean y asumen nuevas fisonomías en el marco de dinámicas de inclusión o inserción institucional que acaban resultando insuficientes o, en algunos casos, inocuas para revertir los procesos de aislamiento, marginación y negación de derechos que están involucrados en todo proceso de segregación social, dentro y fuera de las instituciones educativas” (Gentili, 1998 y 2007; Gentili y Alencar, 2001). Las evidencias cuantitativas o el formalismo jurídico de este proceso de expansión no parecen estar a la altura de las aspiraciones emancipadoras que plantea una doctrina democrática basada en el reconocimiento intransferible de la educación como un bien universal, por lo que se infiere que no sólo puede y debe combatir las causas mas visibles, sino todas y cada una de las que son obstáculo para la plena construcción de políticas públicas adecuadas, consecuentes y empáticas con lo que realmente requiere el ser humano en su proceso formativo.
Si pensamos en un colegio de una ciudad Argentina, Colombiana, Mexicana, Peruana, Brasilera o en cualquier colegio de América Latina, no es difícil suponer que existen estudiantes con diferentes marcadores identitarios: étnicos, territoriales, de clase, genero, estéticos entre otros. Este crisol de diferencias suponen un reto para la convivencia entre los chicos y propicia las excusas perfectas para el conflicto escolar: matoneo, burlas, discriminaciones.
La diversidad entendida como un hecho histórico donde diferentes “prácticas culturales” conviven en un mismo territorio se expresa también en el sistema escolar, especialmente en los centros educativos de los sectores populares. Los estados han desarrollado estrategias para “administrar” esta diversidad: por un lado los discursos del multiculturalismo en América latina intentaron gestionarla desde un tipo de inclusión para homogenizar y/o inclusión para jerarquizar. La primera consiste en la típica “te incluimos pero sé cómo nosotros” es decir se incluyen los sujetos en la medida en que dejen progresivamente sus marcadores identitarios y terminen integrados a los patrones culturales de la mayoría: aniquilación de pluriversos. La segunda es “te incluimos pero...eres un sujeto de segunda, de tercera” es decir no hay inclusión real: inferiorización de los pluriversos. Por otra parte los enfoques de la interculturalidad han venido a cuestionar estos lánguidos y neoliberales discursos multiculturales, proponiendo unas formas de interacción de las diferencias desde el reconocimiento del conflicto y las relaciones de poder que siempre están en el sustrato de la diversidad y desde la intención de apostar por formas más horizontales de la convivencia.
Llevando la discusión del multiculturalismo y la interculturalidad al mundo escolar, nos encontramos la mayoría de las veces con formas de administración de la diversidad escolar con enfoques multiculturales más que interculturales. La diversidad no solo manifiesta las diferencias, sino también las desigualdades en torno a variopintos accesos y derechos escolares, por lo que sería pertinente pensarse las políticas públicas en relación a un infinita diversidad de seres humanos que de ninguna manera anule su diferencia sino y por el contrario les permita ser y construir un mundo donde quepan muchos mundos.
El aparato de captura moderno/colonial poco a poco ha ido conquistando las lógicas macro y micro de las existencias, estableciendo unas jerarquías cognitivas, espirituales, raciales, étnicas, sexuales, de género, económicas, epistémicas, estéticas. En el panorama actual, organismos como el fondo monetario internacional, el banco mundial, la organización mundial del comercio, la OTAN, conformadas después de la segunda guerra mundial y del supuesto final del colonialismo, operan articuladas a corporaciones transnacionales capitalistas, como una red de dominación global que sigue manteniendo a las periferias en una posición subordinada. Con la consolidación de este régimen global, hemos pasado del colonialismo de la modernidad, a un nuevo orden mundial de “colonialidad global”. Desde las perspectivas decoloniales (Quijano, 2000; Mignolo, 2005; Castro-Gómez–Grosfoguel, 2007; Escobar, 2010) este régimen de soberanía global es denominado “Sistema-mundo/ Euro-norteamericano/ Capitalista/ Patriarcal/ Colonial/ Moderno” (Grosfoguel, 2006) que ha consolidado determinadas jerarquías, desplegadas desde la modernidad colonial y afirmadas en el mundo contemporáneo.
En este marco se habla de la colonialidad global, y no del colonialismo, ya que este último alude a procesos jurídico-político-militares que se subvirtieron someramente con los procesos de descolonización en América, Asia y África. La colonialidad expresa entonces un proyecto vigente (Colonialidad del poder, del saber, del ser, de la naturaleza, de las imágenes) que va más allá de las estrategias colonialistas, haciendo énfasis en la dominación cultural.
Este régimen jerárquico global, produce el universo y niega los pluriversos políticos, económicos, pedagógicos, espirituales, epistémicos, sexuales etc. La colonialidad global consolida el mundo como uno negando la multiplicidad.
Sin embargo, este universo, es cuestionado hoy en día. Los movimientos de liberación sexual contemporáneos, los ecologistas, los hacktivistas, los discursos de las transición, los movimientos afrodescendientes e indígenas de América Latina, las posturas del decrecimiento, los movimientos por la seguridad alimentaria, movimientos obreros y campesinos, el eco-feminismo, los indignados, proyectos de pedagogía critica, el foro social mundial, y algunas revueltas y manifestaciones alrededor del globo, de una manera tímida o radical interrogan los metarrelatos de la modernidad occidental.