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Resumen de ponencia
Represión, criminalización y protesta. Los estudiantes como objeto de persecución en México.

*Daniel Hernández Rosete



Jóvenes y violencia de Estado.
Con este trabajo me propongo describir las vivencias de jóvenes universitarios que han resistido la violencia de Estado, haciendo especial énfasis en su condición de ciudadanos que reclaman el legítimo derecho a la protesta social. También planteo algunas de las problemáticas implícitas en la forma de vivir en la ciudad siendo joven y estudiante universitario, siempre en el marco de un contexto histórico marcado por la alternancia política que, de manera formal, ha sido aplaudida internacionalmente como una expresión de democracia y madurez institucional en México, pero que a la luz de las vivencias juveniles aparece como uno de los episodios más autoritarios y paradójicos del México contemporáneo. Es importante destacar el carácter contradictorio del contexto urbano en el que ocurren estos relatos, pues no obstante que la Ciudad de México es gobernada bajo una administración presuntamente de izquierda ligada al Partido de la Revolución Democrática (PRD), se trata de una de las gestiones urbanas más represivas en la historia contemporánea de la capital. Únicamente superada por las regencias ejercidas primero por el despótico Ernesto P. Urruchurtu y después por el delirante militar Alfonso Corona del Rosal, quien además aparece entre los responsables de la matanza de Tlatelolco, el 2 de Octubre de 1968.

Método, universo y trabajo de campo.
Estudio cualitativo de tipo fenomenológico con el que se exploraron los universos de sentido y significado (Berger y Luckmann, 2000) a través de entrevistas semiestructuradas con doce estudiantes universitarios tres de ellos experimentaron detenciones. Las entrevistas son narrativas que no sólo dan cuenta de las subjetividades de los individuos que las relatan, ya que permiten entender el impacto de los contextos políticos y sociales en la producción de la historia de la persona. (Anderson, 1965) Aunque son testimonios personales que sitúan el análisis en la oralidad, las historias ayudaron a comprender la respuesta agenciada del actor frente a los procesos de violencia de Estado. Por tanto, en este artículo las entrevistas no se incorporaron sólo como una técnica, sino como un recurso antropológico porque permitieron entender el lugar en que la sociedad coloca a los individuos y la manera en que pueden responder éstos. Básicamente, permitieron entender algunos aspectos de la violencia de Estado que los informantes experimentaron en México.
Por violencia de Estado entendemos el proceso de agresión a derechos humanos de población civil. Describimos dos procesos carcelarios distintos, en primer lugar mostramos dos casos de represión de protesta juvenil en el contexto de la sucesión presidencial de 2012 y de las protestas por la matanza de Ayotzinapa. En segundo lugar analizamos un caso de privación ilegal de la libertad cometido por policías judiciales de la Ciudad de México, documentando las faltas al debido proceso en la detención de un estudiante a lo largo de las primeras 72 horas de su encarcelamiento y liberación.
En apego al código ético de la investigación cualitativa, las narrativas fueron recabadas omitiendo nombres, religiosidades y rasgos étnicos. Se trata de entrevistas que respetan el derecho de los informantes a la confidencialidad y el anonimato. Todas contaron con la participación voluntaria de los estudiantes y fueron obtenidas entre noviembre y diciembre de 2015. Algunos relatos fueron narrados en los juzgados penales del Reclusorio Norte en la Ciudad de México.
La gran tradición histórica. Autoritarismo, persecuciones y matanzas de jóvenes en el México postrevolucionario.

Aunque el movimiento estudiantil de 1968 es un hito en la historia de la protesta social en México , debo reconocer que no le veo como el cisma que marca el inicio de la conciencia histórica. Por tanto no me parece adecuado tenerle como el único y definitivo despertar de la sociedad civil en México, sobre todo porque el movimiento está precedido por movilizaciones que merecen ser vistas, junto con la lucha estudiantil, como un conjunto de eventos históricamente conectables. La represión de ferrocarrileros en 1958 y después a médicos en 1964, reflejan el perfil de un Estado despótico al que le resultaban inaceptables la disidencia sindical y la discrepancia política (Ramírez, 1991). Disidente era todo aquel que se desalineaba del sentido autocrático de la relación del Estado con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y su corporativismo sindical. No era legible proclamar la democracia sindical al margen de lo que la Confederación de Trabajadores de México (CTM) pudiese dictar.
Pero además había otro orden de autoritarismo poco estudiado, el de la vida familiar. Era un ámbito de costumbrismo basado en la religiosidad católica que reflejaban nítidamente las contradicciones inherentes a la jerarquización de una sociedad conservadora, en donde el fanatismo religioso se hilvanaba muy bien con la violencia estructural que el Estado ejercía. No obstante que había notables excepciones, la clase media y algunos sectores de la clase obrera empezaban a mostrar que la inexpugnable barda de los dogmas religiosos en que descansaba algo de la estructura del control social, podían fisurarse: la sexualidad hegemónica empezaba a ser cuestionada.
El ejército, el clero y la industria televisiva, instituciones clave para el sostén del autoritarismo, empezarían a ser puestas en duda. Era absolutamente impensable la posibilidad de disentir ante las creencias que regían la castidad como vía de acceso al matrimonio, anegado, por cierto, de violencia patriarcal (tan sólo pensar en la epístola de Melchor Ocampo). No era sólo el Estado, sino la tradición doméstica cifrada en la sexualidad católica lo que marcaba un orden de represión en el que se naturalizaba la forma de jerarquizar los roles sexuales y legitimar la estructura misma de poder que regía la vida pública. Lo público y lo privado estaban intrínsecamente ligados a través de un orden autoritario que permeaba prácticamente todos los ámbitos de la vida social: no había cómo aludir a la sexualidad como un derecho, tampoco era factible asumir que los embarazos pudieran ser suspendidos. El autoritarismo era, por decir lo menos, una forma de vida socialmente institucionalizada a través del Estado pero también por medio de la vida familiar, intrínsecamente unida a una visión del mundo absolutamente autoritaria.

La democratización de la vida familiar en contextos de terrorismo de Estado.

En su trabajo sobre familia y cultura, Elizabeth Roudinesco (2004) reconoce que los cambios sociales más importantes en la vida social de Occidente ocurrieron en los márgenes de la vida sexual de las mujeres. Se trata de modificaciones en la estructura económica, que se advierten a través de cambios en dos variables demográficas que son centrales en el proceso de transformación de identidades de género: el descenso de la fecundidad y la incorporación de la mujer al mundo del trabajo extra doméstico, cuyos efectos además precipitaron el cambio en el modelo hegemónico de jefatura familiar masculina. Hacia los años setenta se empiezan a documentar los primeros hogares auto denominados con jefaturas femeninas, pero en algunos países eran aún indetectables pues en los diseños de encuesta no se concebía esta posibilidad. En México, este fenómeno ha sido descrito como un proceso de transformación económica propio de los ámbitos urbanos, que despunta en los años ochenta del siglo XX y que está muy relacionado con los cambios en la vida íntima (García y de Oliveira, 1994). Aunque no se trata sólo de la aparición de hogares con jefatura femenina, sino de la emergencia de un nuevo orden identitario en donde los roles de género muestran cambios en torno a la crianza y el trabajo doméstico.
Estos hallazgos se pueden constatar demográficamente en México (INEGI, 2005) pues en nuestro país la democratización más importante no tiene que ver con las formas de gobierno, sino con los cambios operados en ámbitos de vida privada. La vida familiar por ejemplo, ha dejado de ser regida por la lógica de la sexualidad reproductiva, monogámica y heterosexual. La familia con jefatura masculina ha dejado de ser el único referente (Tuirán, 1994) y esto en buena parte tiene que ver con el hecho de que hemos empezado a cambiar patrones estructurales de cortejo, nupcialidad, fecundidad y vida conyugal (Welti, 2000). La evidencia más concreta de estos cambios está en la recomposición de los mercados de trabajo (Salles y Tuirán, 1996) y en las estructuras de vida familiar. La incorporación de las mujeres a la vida económica extradoméstica, ha sido explicada como una consecuencia del atraso en la edad de las mujeres para ver nacer a su primer hijo, lo que está irremediablemente asociado al incremento de la escolaridad (Welti, 1997), pero también a la necesidad económica de robustecer el ingreso familiar (Salles y Tuirán, 1997).

El contexto actual. Democracia formal, desigualdad y violencia de Estado.
La democracia en México parece ser vista sólo a partir de la reforma del Estado, de sus modificaciones institucionales que más bien expresan un cambio en la manera de legitimar al Estado. Estos cambios ocurridos como parte de la reforma del Estado coexisten con una singular polarización de la riqueza: nunca antes había sido tan contundente un crecimiento económico acompañado de índices tan elevados de pobreza. Un modelo económico paradójico, porque presenta a México como un país de rango medio, con casi el sesenta por ciento de su población viviendo en condiciones de hambre y exclusión en salud, educación, transporte público y vivienda digna. Pero aunque el fracaso de la democracia en México puede ser aludido a través del empobrecimiento masivo de la población, el reclamo más importante en este momento tiene que ver con violación de derechos humanos.




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* Hernández Rosete
Departamento de Investigaciones Educativas. Centro de Investigación. Instituto Politécnico Nacional - DIE-Cinvestav. Ciudad de México, D.F., México