Cada cultura y cada época definen un paradigma de recuerdos y olvidos, y el discurso oficial buscará en general ocultar las significaciones rebeldes, incorporando sólo algunos elementos ajustados, edulcorados. El problema surge entonces si reproducimos las exclusiones que el sistema de dominación imprime.
Es por ello que se vuelve necesario aquel desafío cultural que implica ir más allá de una resignificación de los valores hegemónicos, rompiendo orden natural en el plano discursivo, histórico, identitario.
Plantear un esbozo de esos momentos de peligro -y las definiciones que se crean- será la tarea que nos proponemos llevar adelante en esta presentación.
Nos plantearemos identificar las formas de construcción de la historia oficial a partir de la apelación al pasado rebelde -tergiversado y adecuado a la forma de dominación pertinente- con el fin de generar consensos en la construcción hegemónica del Estado.
Aquello, para lograr que el análisis histórico nos brinde una base teórica que permita evidenciar la fundamentación que desde el Estado se desarrolla en la construcción de consensos (reconversión de significados de la rebeldía, creación de mitos patrios, entre otros) en pos de edificar una identidad nacional afín a la dominación.
Por último, analizar los límites que impone dicha apropiación en las formas de resistencias que adquieren los movimientos en México: verificar las capacidades de construcción autónoma y genuina de una historia de y desde los subalternos y su vinculación con las estrategias políticas promovidas. Esto último, estará ligado a resaltar la necesidad de enfrentar el desafío cultural por la recuperación de la historia olvidada y sus consecuencias en el plano político (autonomía- heteronimía/estrategias por el poder-antipoder de los movimientos sociales, entre otros).
Desde el plano teórico, partiré de la tesis VI de Walter Benjamin sobre la necesidad de dar una batalla por el sentido del pasado, eso de “apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro -de entregarse como instrumento de la clase dominante-“. Usaré de Gramsci y Lukács la idea de sentido común y de la reforma moral y intelectual, y el papel que le otorga a la historia y la construcción de la conciencia, respectivamente. Por supuesto retomaré las discusiones que aquí en México se libraron acerca del “Para qué de la historia”, e incorporaré elementos de análisis del discurso y la cuestión simbólica del ruso Yuri Lotman.
Porque parto del presente, y considero que ese es el verdadero sentido del estudio de la historia, busco hurgar en el pasado para comprender aspectos discursivos, olvidos premeditados y construcción simbólicas de todo tipo, que en el México actual permiten continuar reproduciendo lógicas políticas que -en particular para los movimientos sociales- implican un abandono de la lucha por el poder. Inclusive, un México atravesado por un contexto electoral conflictivo y por el recuerdo de los 50 años de Tlatelolco, la alusión al pasado en ocasiones se vuelve determinante.
Una de las denuncias que va posicionándose en esta coyuntura difusa, es que en México existe, desde octubre de 1968 -con la masacre al movimiento estudiantil en la plaza de las tres culturas- hasta el presente -y Ayotzinapa es un hito incontrastable- un Estado genocida. Una coyuntura entonces, en la que la idea de democracia está puesta en cuestión mientras busca legitimarse a cualquier costo. El fantasma de la Revolución de 1910 ha sido ineludible en la construcción de consensos que logre recuperar ese pasado por parte del Estado, quitando los elementos que pudiesen alentar una subversión al orden impuesto. Mismo en 1968 -época de auge económico y de aparente florecimiento político en México- los representantes del Estado son ubicados como críticos al sistema dominante (Díaz Ordaz posicionándose a favor de los movimientos tercermundistas, Echeverría reuniéndose con Fidel Castro, escribiendo sobre Emiliano Zapata) hace preguntarnos: ¿Cómo la construcción de relatos pudo hacerse al margen de la verdadera realidad que se vivía en México? ¿Cómo Echeverría y Díaz Ordaz usaron la imagen del pasado revolucionario para hacer de ellos los herederos de la tradición revolucionaria mientras se encargaban de perpetrar uno de los crímenes de lesa humanidad más escandalosos de América Latina?
necesidad de masacre para la consolidación de un Estado - hoy se recuerda desde el Estado la masacre de Tlatelolco, despojándolo del elemento rebelde, de la organización estudiantil, de la puesta en cuestión de la dominación, del papel criminal del Estado. Al día de hoy, sin conocer la cifra exacta de desaparecidos -ni encontrar sus cuerpos-, sin conocer lo ocurrido, ni haber avanzado en los juicios contra los funcionarios que perpetraron el genocidio, el Estado continúa perpetrando la impunidad y construye un sentido común dominante en el que la efeméride se posiciona por encima de la memoria. El mismo mecanismo que con la Revolución que marcó un parteaguas -no sólo en la política mexicana- sino en la sociedad latinoamericana toda.
Vemos cómo la historia, entonces, funciona como mediación subjetiva de la dominación y la creación de una identidad nacional. Los esfuerzos por transformarla en una arma para la transformación se vuelven urgentes y la memoria se impone por sobre el discurso dominante. La ideología, la subjetividad, la memoria, se transforman entonces en elementos teórico-prácticos que es necesario reubicar en el análisis coyuntural actual.
Cerramos entonces con las preguntas que guiarán esta ponencia, y las posteriores investigaciones, ¿Cómo se apropia el Estado del pasado rebelde para la construcción de discursos que generen consenso? ¿Qué olvidos -y por qué- se sostienen en pos de forjar una identidad nacional ad hoc a la dominación? ¿Qué consecuencias políticas ha traído tal entramado intersubjetivo y apropiación de la historia? ¿Cómo los subalternos han tomado ese mismo discurso para la construcción del propio?