El análisis del deporte y la sociedad, estudiado desde la antropología feminista, permite conocer y comprender por qué el siglo XX se convirtió en el siglo de la deportivización globalizada de la sociedad; del proceso ordenador y potenciador de la sexualidad de los cuerpos masculinos y femeninos. Permite ver por qué se volvió un mecanismo controlador de sus emociones, sentimientos, deseos, fantasías, imaginarios, de la praxis ritual del conjunto de manifestaciones y simbolizaciones de las identidades y subjetividades genéricas, así como en la cultura de la disciplina y supervisión de la salud corporal, y en la práctica, por excelencia, de la puesta en escena de los atributos de la masculinidad hegemónica.
La deportivización de la sociedad expresa el grado de desarrollo y nivel competitivo de una sociedad; la capacidad económica, política y social del Estado y sus instituciones para organizar y participar en eventos deportivos locales, nacionales e internacionales. Pone de manifiesto el interés de los gobiernos federal, estatal y municipal en la gestión, promoción y difusión deportiva. Este proceso permite conocer la forma como la sociedad política y civil se incorporan y participan en los proyectos, los eventos y las actividades de esta práctica sociocultural.
Desde este escenario, me propongo elaborar una serie de primeras aproximaciones sobre las formas socioculturales de género, como los hombres han organizado y organizan su experiencia lúdica y el conjunto de acciones que ello comprende en la articulación entre el futbol y el ritual. Esto es, me interesa indagar el proceso como los hombres posicionaron este deporte como una de las expresiones festivas, recreativas, contemporáneas, globalizadas y massmediáticas, en las que han logrado interseccionar mundos posibles, en los que millones de personas de distintos géneros, son partícipes de una dialéctica existencial, en la que jugar al futbol, comprende un ubis de ritualidad con complejas estructuras, funciones, procesos y experiencias que dan sentido y simbolizan el orden sociogenérico, con el que los hombres se divierten, y hacen divertir al mundo.
Esto comprende una articulación entre la vasta estructura institucional, su práctica cultural y organización genérica como los hombres han imaginado, creado, diseñado y aplicado las condiciones para jugar al futbol. Esto implica un complejo accionar escénico, en el que tienen lugar una dialógica de la praxis del ritual, en tanto dimensión simbólica que configura lo espacio-temporal donde se celebra el juego-deporte; expresión de rupturas y discontinuidades identitarias y subjetivas del orden cultural; lugar de aprendizajes, práctica y procesos comunicativos futbolizados de todas y todos los actores sociales protagonistas del juego; expresión de la performatividad genérica como los hombres, en una dialéctica lúdica, que confirman y no los mandatos y atributos dominantes de su condición masculina.
En relación con lo anterior, uno de los aspectos centrales de expresión del supremacismo de los hombres, es que el conjunto de mandatos y atributos masculinos que definen su condición genérica hegemónica, tenga un carácter público, lugar en el que la comprobación de lo anterior es y existe. De ahí que, los rituales de los varones signifiquen un renacimiento de hacerse nacer en un nuevo cuerpo que los homologa como sujetos de género, representantes de lo humano, en la episteme HOMBRE y su simbólico del mundo masculino que le permite su presencialidad de lo que es. Por ello, como acto iniciático, en el futbol, los hombres epistemologizan el tránsito de su ser genérico, por el umbral del ritual, en el que ponen a prueba las enseñanzas aprendidas en la deportivización social, que comprenden el logos y la argumentación de los discursos de resistencia, valentía hombría y virilidad, con los que refrendan los mandatos y atributos dominantes de género que los constituyen como grupo juramentado futbolizado.
De esta forma, el juego, en la dialéctica de sus representaciones, tiene en el futbol, una práctica deportiva institucionalizda, en la que convergen acciones del divertimento, el espectáculo, la fiesta, la producción recreativa, en la que mujeres y hombres participan en la colectividad del jugar un deporte, con base en la de la asignación del orden sociocultural de género dominante.
En ese sentido, ser futbolista es concebido como una de las acciones culturales institucionalizadas recomendables, por la vasta interacción que establecen los hombres. Esto les permite generar arraigos socializadores de identidad y diferencia que les define, como grupo juramentado, autoasignarse como el corpus representativo, visible, deseable, calificado y dotado para poder jugar a lo que se juega, y lograr lo que se logra, mediante la introyección de las formas simbólicas culturales del juego que significan el cuerpo de los hombres como el espacio transicional identitario del arraigo en el deporte.
De esta forma, el futbol se intersecta con lo primordial de la vida cotidiana de los hombres, con su actuar y pensar, en la planeación de los proyectos, tanto personales como colectivos, que delinean los mundos que conforman y estructuran su vida misma. Para una buena parte de éstos, la intersección del futbol en la cotidianidad hace fluir la fragmentación sobremoderna como se organizan los andamiajes de las actividades (económicas, sociales, culturales y políticas) que conforman la vida individual y colectiva. Esta organización social de la vida, tiene en el futbol uno de los ejes que hila el entretejido de los componentes cultuales con los que se da sentido a las tradiciones y costumbres deportivas.
Desde este ubis, y como grupo juramentado, los hombres juegan espectacularmente a asumirse como poderosos, a carnavalizar y festejar sus proezas de juego, en donde socializan e interactúan, en la rivalidad y competencia, con sus cuerpos deportivizados. Esto permite mirar en los campos de futbol, principalmente los profesionales, cómo el cuerpo de los hombres es el itinerario de su situación vital sintetizada en una reflexión colectivizada y articulada con la propia constitución histórica de su identidad lúdica, deportiva y futbolera, que los acredita como miembros del grupo juramentado, mediante el ceremonial ritual de caballerosidad y hombría que establecen los idénticos.