Casi siempre, el primer acontecimiento que ocurre luego de la experiencia estética vÍvida es que el artista se marcha, esa migración suele facilitarse si además lo que circunda el solar de la casa es un rió y un aeropuerto. Si te levantas a bañarte con el agua lluvia, si cargas el fardo sobre las espaldas y despuntas el lomo a la orilla del río para lavar las ropas, si recorres descalzo las alamedas del pueblo y anocheces viendo el brillante faro de un barco en la rivera de un rió como esperándote, como llamándote, lo natural es que apenas amanezca la vida y puedas disponer plenamente de ti, te marches; y sin embargo eso no es lo que ocurre con un artesano tradicional de Guapi. Todo lo contrario, el río no separa al guapireño del guapireño tradicional, el rió invisibiliza la distancia entre ellos, entre los de esta orilla y los de la otra, entre los de López y los de Timbiquí entre los de Guapi y los de Buenaventura solo hay agua, mucho agua de por medio, es cierto, pero el liquido no separa sino que une. Hablo entonces de una especie de vivencia liquida del espacio que diluye todas las millas que hay de por medio y que diluye o escurre el tiempo. Por eso el tiempo en Guapi es una especie de flujo humedo, sensual y lento, una especie de serpiente que se levanta con el rumor del río y la brisa de la tarde.
Sin el impulso de separarse de su lugar de origen, acompañado de una asombrosa serenidad, sin afán, el hombre del oficio se levanta día tras día a cultivar lo que ha heredado de la tradición popular, una labor que nada tiene de ingenua ni de espontánea, porque a ella esta ligada el sustento diario y la posibilidad de educación de sus hijos. Una tradición que nada tiene de inútil porque esta ligada a las necesidades que les dieron origen: Hicieron el sombrero para protejerse del sol, la banqueta para aliviar la fatiga de la faena diaria, la petaca para llevar las ropas sucias al río, el solitario para acompañar el viudo de pescado.
Esos sencillos valores son suficientes para llamar la atención sobre los objetos que producen, a los que somos de otra parte. Sin mediar una palabra, el artesano muestra su canalete mientras orgulloso acaricia la talla de un delfín en el alto relieve de su superficie. Hay distancia entre el silencio del artesano y la curiosidad del forastero; como cualquier artista de vanguardia, él tampoco explica el valor que tiene el leño tallado; y es comprensible, el significado que emana de la pieza artesanal esta visible en sus propias manos, en la lejanía de su mirada acostumbrada a otear el horizonte a grandes distancias. El canalete que ha producido es una tarea complementaria y gozosa a la de surcar el río cuando la marea baja para instalarse bien adentro, para no pensar en nada y sentirse feliz, mientras uno que otro pez llega hasta las alforjas para salvar el alimento del día. Entonces uno compra el canalete sin entender, lo cual no es un error, porque todo el que compra bajo la seducción, lo hace sin entender.
Sin embargo la alegría que da la venta del canalete no es suficiente como para sofocar la angustia acumulada al lado de las barcazas talladas hace más de un año y que todavía reposan en el almacén. La risa juguetona de sus decenas de nietos le hace pensar en el futuro, porque el futuro para los hombres del agua se escurre día a día pero también se dibuja en el horizonte imperturbablemente azul de cada mañana. El artesano reconoce el ademán del hombre extraño que lo visita, establece la diferencia entre su forma de caminar y la nuestra, se ríe discreta y respetuosamente de nuestra forma de vestir y nos acoge y acompaña. Atando nudos extraños desde su imaginación de ultramar concibe, sin envidia, al valluno como hombre culto y educado y complejiza en su mente el problema: ¿que hacen aquí?, ¿para que vienen? En todo artista por humilde y sencilla que sea su extracción hay una compleja visión del mundo.
Esto no quiere decir que el artesano no sea capaz de ocuparse de la política. Barbarita paz, por ejemplo es el metafórico nombre para una mujer de guerra, guerra en el sentido de fragorosa lucha por la vida, guerra en el sentido de fiesta. Una mujer artesana asume las riendas en compañía de muchas otras, en el destino de estas empresas artesanales del guapireño. Porque en Guapi las mujeres han afrontado el destino de la base social. La crianza de los niños y el sustento de la familia. Lentamente, al mismo ritmo que lleva el rio se han reunido otros artesanos y artesanas de Temeuei o Bonana para cultivar la paja tetera, producir y comercializar. La artesana negra en compañía de indígenas de la región transforma la tetera y el tetaron en una petaca. Y no deja de ser extraña y fascinante esa mezcla del silencio indígena: la mirada fija en el tejido que hacen sus manos con el material en estado vivo, la palabra enrarecida, entrecortada y distante, con ese ímpetu negro de su líder que habla intercaladamente de decepciones políticas y de los éxitos de su hija que acaba de ganar certámenes folklóricos a nivel nacional. Ambas (las indígenas y la negra) viven la misma relación problemática con el mundo, las mismas necesidades concretas, sólo que mientras la una habla de lo afrocolombiano, las otras añoran silenciosamente la nación indígena. En el calor de la hoguera que enciende la artesana negra para cocer el generoso material con el que teje su vida, y en el sensual sonido que produce la mano indígena al deslizarse sobre la hoja que teje, ambas afirman desde la diferencia sus identidades. El trabajo que las une es el escenario cultural en el que se da la sinteis identitaria del proceso.
Síntesis también es lo que se da entre tradición y contemporaneidad en la visión de mundo del constructor de banquetas. En Guapi late un corazón de madera, el ritmo vivo y misterioso de la manigua se presiente, pero también ruge permanentemente el motor de la lancha prometiendo el viaje, la posibilidad latente del mundo contemporáneo. El artesano actual, en el que puja la tradición y el mundo moderno, construye banquetas en las que un guapireño ocupa el lugar de lo popular y de lo culto, de lo culto y lo popular. El desprevenido viajero (en el agua o en la tierra, porque la banqueta se ha hecho mobiliario familiar) desconoce la Bauhaus, nada sabe de formas, ni de líneas de pensamiento abstracto, tampoco lo sabe el artesano-constructor.
Este artesano escoge meticulosamente la soroga o enhigua: “la madera es todo para mi”, nos dice y se dispone a darle estructura a una metáfora de dos barcos, sí de dos barcos, porque los laterales de la banqueta son dos pequeños y sencillos barcos, como aquellos que construyen los niños para poner a navegar en los arroyuelos de lluvia de la ciudad. Treinta y ocho centímetros de madera blanda, cortada a la luz de la luna llena, alcanza la banqueta; al finalizar el proceso estamos ante un objeto levemente inclinado, de superficie sensualmente curva, (como todo en Guapi, desde la estilizada figura de sus mujeres, hasta el misterioso sombrero de duende que acompaña la fiesta). Su forma reducida favorece la maniobra del que rema y su resistencia es tal que aguanta el poderoso daño que produce la humedad de la región.
El constructor contemporáneo de banquetas sueña con un torno, un sinfín, un taller más amplio para producir un objeto tal, que obedece a una estética de máximo orden y mínima complejidad: sueña algo así como un mundo con corazón de madera y cuerpo de metal, que suene como la marimba, pero que se venda como el oro, que le permita estar aquí y allá. “Arranquemos”, nos dijo, cuando le insinué que sus banquetas lo podrían hacer rico en Estados Unidos. Cuerpo de madera y corazón de metal tiene también el mundo que construye el artesano que diseña joyas: el que sobre la corteza del coco inserta aletas de ballena, de delfines y tiburones hechos en oro y en plata, como recamando de belleza el mundo submarino, llenando de luz lo profundo y lo opaco para ponerlo al servicio de la legitima vanidad de una mujer de sólida belleza y abundante brillo, como lo son allá. Estos artesanos están cuidadosamente organizados en la estructura de producción de base, conforman un sólido equipo para la recolección y el procesamiento de materias primas, para la elaboración de los productos finales y su comercialización. Su forma organizativa es la cooperativa o la asociación propietarias de los medios de producción y reguladora de los procesos de distribución. En el caso de Coomujeres por ejemplo, cooperativa multiactiva de mujeres trabajadoras de Guapi, no solo se agrupa el colectivo en lo productivo sino en lo cultural y político dándole un carácter de género a la organización. Esta cooperativa agrupa otras pequeñas organizaciones: Asociación de artesanas Santa Teresa, Las Orientadoras y La Integración, entre otras, que están concentradas en una intensa “experiencia” con la paja tetera que como decimos incluye todo el proceso, desde la siembra de la planta hasta la comercialización de todo tipo de productos.
Estos núcleos, humanamente valiosos del artesano de Guapi hacen más valiosa esa articulación entre belleza y función social que los identifica, esa extraña capacidad, para nosotros los colombianos, y que en ellos se da para organizarse y trabajar en grupo salvando las diferencias, es la que los hace fuertes.
Son estas cualidades las que nos hacen soñar con la posibilidad de que estas prácticas puedan vivir la metamorfosis de lo local a lo regional, una expansión activa, creadora de las sensibilidades y prácticas estéticas guapireñas hacia otras regiones del país. Esta personalidad propia: síntesis entre lo sensual y lo practico, lo bello y lo útil, está dada en gran medida por ingredientes culturales no occidentales: Indígenas y afrodecendientes y por necesidades de orden social por todos conocidas.