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Resumen de ponencia
El agotamiento de la naturaleza y el reconocimiento de lo ancestral como expresión de la transición de las relaciones sociales de producción.

*Beatriz Corina Mingüer Cestelos



En esta breve exposición pretendemos desarrollar la vinculación del agotamiento de la naturaleza como un problema que ha causado alarma mundial desde la década de los cincuenta, con un hecho ineludible en el devenir del ser humano, su esencia misma, la de la transformación y, cómo esto es capaz de detonar el tránsito de las relaciones sociales de producción por atentar contra la unidad más básica de cualquier organización humana, la vida. Para ello, me ayudaré de una cita de Marx en respuesta al editor de una revista rusa sobre la cuestión de la comuna rural rusa y la aplicación en ella de la acumulación originaria: “Al final del capítulo –refiriéndose al capítulo XXIV relativo a la acumulación originaria de El Capital- se resume de esta manera la tendencia histórica de la producción: que ella misma engendra su negación con la inexorabilidad que preside las metamorfosis de la naturaleza; que ella misma ha creado los elementos de un nuevo orden económico al darle de inmediato el mayor impulso a las fuerzas de producción del trabajo social y al desenvolvimiento integral de cada uno de los productores; que la propiedad capitalista, al fundarse como ya lo hace en realidad, sobre una forma de la producción colectiva, no puede hacer otra cosa que transformarse en propiedad social” (Marx, carta al director de Otiechéstvennie Zapiski 1877).
Esta cita contiene tres ideas claras que estaba desarrollando Marx en sus últimos años de vida. La primera de ellas, hace alusión a que la producción crea su propia negación cuando transforma negativamente la naturaleza de las cosas, el contenido de la materialidad en su versión negativa; la segunda idea gira en torno a que en el proceso de producción se crean sus potencialidades para el nuevo orden económico-social, es decir, existe la versión positiva de estas negaciones que se desarrollan por y en ella misma; y por último, la idea de que la propiedad capitalista, no considerado teleológicamente sino como parte de su misma creación y transformación, tenderá a la propiedad social por estar basada en ella misma.
La primera parte de la cita deja ver cómo la producción engendra su propia contradicción por la fatalidad que rige los cambios en la naturaleza. Al expropiar al cultivador, como base de toda acumulación originaria, se generan los tres grandes rompimientos de los que nos habla Marx en 1844: el rompimiento del humano con su trabajo, con su actividad creadora y transformadora; el rompimiento con su objeto, con sus instrumentos, con su creación; y el rompimiento del hombre con la naturaleza, y por ello, con su propio ser, con su humanidad. Estos tres rompimientos se hacen presentes en la acumulación originaria primaria, porque generan una separación con la vida misma, un quiebre con la unidad humano-natural que genera el límite natural del capital. En el capitalismo, la naturaleza se presenta como mero objeto de trabajo velando la necesidad de ella en cada parte del proceso de producción y se somete a sus necesidades como puramente útil, como objeto de consumo o parte de los medios de producción. Esto crea a la vez, su fractura metabólica, ruptura que se hace evidente en el espacio como la separación del campo con la ciudad.
Esto da pie a la segunda idea de la cita de Marx. Esta contradicción crea al mismo tiempo, los elementos para su transformación convertidos en una fuerza social revolucionaria como dan cuenta los diversos gritos de reclamo social por parte de grupos ecologistas, pueblos originarios y activistas en general en defensa de la tierra y de la naturaleza. Los embates del capital, sufridos de manera distinta en el campo que en la ciudad por ser esta última su hija predilecta, el lugar en donde se concentra la acción del mercado y en donde se realiza finalmente el capital, se manifiestan en un abandono cínico por parte del Estado a las zonas rurales. Pero esto, que parecería ser un problema de facto, resulta en una posibilidad de transformación que, dada la función del Estado neoliberal servil a la fuerza del capital, el espacio rural se mantiene en posibilidad de cierta autonomía y capacidad de autoorganización y autogestión, premisas necesarias (aunque no suficientes), para desarrollar nuevas formas de organización que se mantengan, no aisladas, pero sí fuera del capital. Tal es el caso de Cherán, pueblo purépecha localizado en el estado de Michoacán, que liderado por mujeres se alzó en contra de la violencia generada por el narcotráfico y la corrupción de los políticos que ofrecían al mejor postor los bosques madereros de su región. Expulsaron a toda forma de organización previa que dominaba en el pueblo. Hoy, cuentan con su propia policía, un sistema de justicia interno con castigos como el trabajo comunitario y multas, autoorganización para hacer guardias en los bosques anteriormente explotados y la paz que forma un oasis en un estado tan lastimado como lo es Michoacán en la región oeste de México.
Esto denota también a esa fuerza revolucionaria que desde América Latina se evidencia de manera más clara. En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels hablan de la clase de obreros modernos como aquellos verdaderamente revolucionarios porque las demás clases desaparecerían con el desarrollo de la gran industria. Sin embargo, más adelante, entiende que la subjetividad burguesa había permeado a la clase obrera inglesa, por lo que su conciencia de clase se había convertido en servil. Al iniciar sus reflexiones sobre la comuna rural rusa y sus posibilidades revolucionarias Marx da cuenta de lo que Frantz Fanon vivió en carne propia y deja ver en Los condenados de la Tierra: “es claro que en los países coloniales sólo el campesinado es revolucionario. Él no tiene nada que perder y todo que ganar, el campesinado, el degradado socialmente, el hambriento es el explotado que descubre más rápido que la violencia, sólo paga”. Marx en 1881, en respuesta a la carta de Vera Zasulich señala que las formas arcaicas de organización, como la comuna rural rusa eran una forma de regeneración social, formas contemporáneas al capital pero que, además, han sobrevivido a él. “El nuevo sistema al que tiende la sociedad moderna será un renacimiento a una forma superior de tipo arcaico”, señalaba en esta correspondencia. Marx, al final de su vida, se daba cuenta de una realidad que salía del contexto analizado anteriormente por él.
No podemos, sin duda, pensar en Marx de manera dogmática y seguir a ciegas sus letras. Él mismo hablaba de la necesidad de entender las leyes que regían cada tiempo y espacio, por eso se declaraba “no marxista”. Nos deja sin embargo, su método para entender la realidad de nuestro propio espacio y tiempo y voltear a nuestras historias. Las historias que nacen y se desarrollan desde América Latina, son aquellas sobre las que debemos trabajar y construir desde el presente y hacia el futuro, retomando nuestro pasado, cuyo rumbo parece estar cada vez más cercano en torno a la idea del rescate de la comunidad perdida por la modernidad.
Quedan entonces muchas preguntas abiertas que debemos construir y responder con ese objetivo: ¿cuáles son los puentes que permiten esa transición?¿cómo debe transformarse el Estado y qué papel tendrá en estas nuevas formas de organización?¿cómo será la organización productiva y financiera?¿cómo se aprovechará el desarrollo de las fuerzas productivas y cómo se permitirá su evolución? etc, etc.




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* Mingüer Cestelos
Instituto de Investigaciones Sociales. Coordinación de Humanidades. Universidad Nacional Autónoma de México - IIS/UNAM. Coyoacán, México D.F., México