En el siglo XXI, a partir primordialmente de cuestionamientos críticos feministas y postcoloniales, se ha percibido un retorno paulatino y una increyente legitimización del “activismo académico,” también llamado investigación participativa de acción e investigación comunitaria. Si bien en sus orígenes a fines del siglo XIX, las ciencias sociales se debatían si la investigación científica de lo social tenía valor en sí misma o debía ser aplicada para cobrar sentido alguno, en el siglo XX, un giro objetivista y abstracto dominó la puja y estableció la rigurosidad académica a partir del grado de separación que los procesos de investigación debían tener con los campos políticos, económicos y sociales. Se separaron las ciencias sociales aplicadas de las no-aplicadas y se enfatizó la diferencia entre lo científico y lo humanístico. Al menos en teoría. Hacia fines del siglo XX, críticas feministas y postcoloniales contra-hegemónicas retomaron fuerza y desde un espacio marginal (académicamente hablando) lograron poco a poco restaurar el valor social y el rigor académico de las investigaciones que desde su diseño hasta su aplicación se enfrentan a desigualdades sociales y promocionan la justicia cerrando la brecha preestablecida desde el objetivismo apolítico entre academia y comunidad.
En este momento histórico caracterizado nacional y transnacionalmente por las crecientes diferencias socioeconómicas, la polarización política, los conflictos armados y la violencia, el decaimiento ambiental, las migraciones forzadas, y fervorosos movimientos sociales de resistencia principalmente liderados por nuevas generaciones, el tipo de investigación activista se torna fundamental para articular la labor académica con la acción social sin sacrificar su legitimidad o validez científicas.
El activismo académico no se rige por una definición o reglas fijas, ya que las mismas irían en contra del espíritu orgánico de la metodología y sus orígenes teóricos feministas y postcoloniales. Sin embargo, en general, el activismo académico se guía por los siguientes principios: (a) estar alerta a las relaciones de poder que se generan durante el proceso de investigación; (b) generar y mantener una relación democrática y abierta entre investigadores y participantes; (c) generar un modo colaborativo de producción del conocimiento desde el reconocimiento del poder y el saber de los participantes de la investigación, lo cual implica, entre otras cosas, el diseño de agendas de investigación en conjunto con el grupo, conversaciones a lo largo del proyecto, evaluaciones del estudio en su término, y decisiones colectivas de publicación e implementación de programas o acciones; y (d) atender a las implicaciones políticas y aplicaciones prácticas del proyecto de investigación con el fin de promover cambios sociales para el mejoramiento de cualquiera fuesen las condiciones opresivas que afecten al grupo vinculado en el estudio.
Dado que el activismo académico tiene como objetivo generar cambios para promover la equidad y la justicia social, su rigor científico se centra en la afirmación de que toda acción humana es inherentemente subjetiva, social, cultural, política y económica, y que, por lo tanto, la labor académica no queda al margen de procesos socio-históricos que determinan relaciones de poder y estructuras y prácticas de dominación y exclusión que influyen la formación intelectual y disciplinaria, jerarquías científicas y metodológicas, y la elaboración y la aplicación práctica del conocimiento. Desde la comprensión de la colonialidad del saber, el activismo académico incluye a las relaciones de poder como una variable central en el análisis, desmitifica el objetivismo apolítico, y construye conocimiento científico desde y hacia lo social erosionando las barreras creadas entre lo académico y lo comunitario.
En particular, en este trabajo se plantea la relevancia estratégica de la academia de acción o la investigación activista como metodología clave para promover el cambio social y la equidad en el actual contexto sociopolítico en los Estados Unidos, incrementalmente xenofóbico y antagonista de inmigrantes Latinoamericanos, especialmente a partir del reconocimiento del lugar critico ocupado por sociólogos latinoamericanos y su potencial. Las reflexiones teóricas y prácticas se basan en investigaciones activistas realizadas por la autora sobre violencia en contra de inmigrantes Latinoamericanas. Estos estudios revelan como estructuras y prácticas de desigualdad entretejidas a lo largo de factores de género, sexualidad, estado socioeconómico, raza-etnia, y estado migratorio se reproducen formal e informalmente excluyendo y re-victimizando a inmigrantes. Asimismo, los estudios muestran espacios y acciones de resistencia individuales, interpersonales y colectivos enfatizando la puja y resiliencia de inmigrantes y activistas en su labor contra-hegemónica. Con estos ejemplos de investigación activista, se analizan las características metodológicas y su utilización como medio de acción política, feminista, critica y de cambio social, y se discuten cómo superar nodos de resistencia en contra de la practica académica/política dirigida al desmantelamiento de culturas e instituciones discriminatorias, excluyentes y desiguales.