La hipótesis gira alrededor de la imagen como un elemento dinámico que puede construir caminos para el recuerdo, atravesar la memoria y convertir la realidad en una potencia de significados. Su compleja labor recopila nuestro tiempo y espacio, donde lo simbólico realza las luchas por la autonomía y la democracia, hacen frente a las desigualdades y a la indiferencia, reconociendo la indignación, la esperanza y la solidaridad de un contexto político. Desde esta perspectiva el campo de lo simbólico genera cierta potencia de posibilidad que soporta una investigación compleja entre los elementos constitutivos de la movilización social y los modos de expresión visual, corporal, individual o colectiva.
El presente artículo da cuenta de los aportes de los estudios visuales al análisis de la acción colectiva por la defensa de la educación y la pedagogía. Un trabajo liderado por el OACEP- Observatorio de Acciones Colectivas por la Educación y la Pedagogía, y apoyado por la LAV – Licenciatura en Artes Visuales, como un vínculo inter-facultades de la UPN para la investigación y la formación universitaria.
La investigación ha hecho el seguimiento sistemático a las acciones sociales colectivas durante el periodo 2009 a 2015, bajo el nombre “Alcances políticos y acciones instituyentes de las acciones por la educación”. Y en una de sus líneas sobre la praxis visual sigue una dinámica abierta de significación, mucho después de su momento de realización de la acción colectiva; por tanto, proponen dinámicas asociativas en formas de solidaridad, creatividad y movilización de discursos. Así, vista de manera integral la disposición de los temas, las formas de manifestación y los actores, se trata de dar cuenta de una estrategia de observación sobre un fenómeno social que guarda intrincadas relaciones con la cultura.
La estrategia metodológica es la fotonarrativa (Viadel, 2012), apoyada en los registros audiovisuales y fotográficos como documentos que permiten crear una estructura narrativa sobre una lectura semiótica plural de los repertorios y las formas de expresión. Para ello encuentra en los estudios visuales tres categorías que corresponden a componentes formales sobre la imagen, primero un señalamiento de las expresiones visuales, luego una intencionalidad desde los actores comprometidos con la idea de desarrollar cuerpos políticos; y finalmente, una integración en la lógica de la construcción de identidad que dominan las relaciones entre los actores y el espacio de expresión que interpelan.
Cada categoría ha establecido unas formas de manifestación concreta. Sin embargo, el análisis semántico sobrepasa una lectura formal y conlleva a la aproximación del sentido cultural. Para comprenderlo, se presenta la descripción de cada categoría y luego cierta configuración simbólica.
Las expresiones visuales son formas de la visualidad que conllevan un material móvil o fijo donde se deja huella y registro de la participación en la manifestación y se incorpora el mensaje de las denuncias o demandas de los colectivos; tales expresiones cuentan con el soporte de una pancarta, un pasacalle, un afiche, un muro para registrar una pinta espontánea o un grafiti de terminados artísticos, un panfleto, entre otras.
Los cuerpos políticos o corpo-grafías, constituyen una amalgama de posturas corporales con una intención social que llevan al sujeto a asumir una acción durante la manifestación. Algunas de ellas, revestidas de cierto poder de transformación visual por medio del maquillaje o el vestuario, a la cual le llamamos teatralización; otras de corte más planeado que supone la construcción de una acción o una secuencia de acciones como la performance o el happening, dentro de otro grupo de acciones donde el cuerpo muestra su motivación en cierta comunicación de gestos, atuendos y objetos que utiliza para sus demandas o caracterización. Entre otras acciones se ubica el retrato, el desnudo, los cuerpos gestuales, los cuerpos militantes, los cuerpos docentes.
Por último, la categoría de identidad, se establece por medio de logos, emblemas, escudos, insignias, banderas, y otros mecanismos que estructuran los colectivos para denotar su interés organizativo dentro de la manifestación.
En el presente análisis, se enlazan diferentes elementos visuales encontrados en las tres categorías, que surgen por la emergencia de lectura de un régimen estético a partir de las imágenes (Rancière, 2005) y las emociones políticas (Nussbaum, 2014). Una iniciativa de investigación sobre la imagen que apoya los encuentros y re-encuentros de los motivos, los actores y los repertorios de lucha por la educación en una serie de motivaciones sobre la imagen, que mantiene en sí misma un elemento narrativo y constitutivo del logos en la acción.
De modo que frente a dichas dinámicas de constitución de los repertorios y el anclaje de sus formas y lenguajes de expresión, se asumen las imágenes como portadoras de un sentido instituyente, los repertorios visuales hacen un entramado social como estadio emergente de relaciones entre los actores y los modos de expresión que se enuncian como un i) repertorio simbólico en la acción social colectiva, ii) el paso de la personificación a la persona o configuración de las formas corpo-políticas; y finalmente, iii) lo carnavalesco, que configura formas de expresión entre el folclore y la semiótica cultural. Tres componentes que permiten hablar en cada momento del sentido y mensaje simbólico de relevo entre la imagen y la acción social colectiva.
Para la ponencia, se busca mostrar el uso de la imagen como portadora de un mensaje cultural y social, en el primer momento se hablará de tres íconos: la muerte, la luz y la paz como repertorios simbólicos recurrente durante el periodo. Así, la lógica de la acción de los colectivos es además, simbólica. La dinámica alrededor del primer ícono, la muerte, puede explicarse como parte de una política transnacional que restringe el desarrollo de las comunidades. En otro sentido, la encarnación de los muertos presenta una denuncia sistemática a la violación de los derechos humanos, es la representación de un estado de “disciplinamiento social” con acciones puntuales como juicios extrajudiciales y otras prácticas políticas.
Este doble sentido de la imagen en su poder simbólico, como presencia de regulación social y como cuerpo ausente ayuda a empoderar a la lucha de los colectivos y a resistir la presión del Estado o del para-estado. Por otro lado, se ponen en juego los actores sociales contemporáneos y el marco de las movilizaciones pacifistas. En este sentido, la acción colectiva a favor de la paz desenmascara el diálogo con la muerte. De acuerdo al profesor Carlos Martínez (2015), dichas luchas dualistas corresponden a un proceso civilizatorio. De allí, que el análisis simbólico sobre la paz tiene un tinte de transformación social.
De modo que aparece la luz como un ritual en los homenajes a los desaparecidos que involucran directamente el recorrido con velas. En una estética situada en la irreversibilidad de los acontecimientos, en la cual se distinguen actos de denuncia y rechazo a la violencia. Del mismo modo, la lectura entre líneas de la llama ardiente mantienen una compleja finalidad intersubjetiva al interior del colectivo (Gómez, 2015).
En un segundo momento, se propone el análisis de lo visual desde la acción y la transformación corporal, dentro de los repertorios de acción que se reconocen y diversifican por parte de actores cada vez más creativos y comprometidos con lo social. Esta dimensión corpo-política de los actores rebasa las comprensiones de las relaciones sobre la imagen y ubican diferentes intencionalidades entre los cuerpos y su expresión. La imagen determina un diálogo entre el espacio exterior y el espacio íntimo del cuerpo de quien realiza la acción. De modo que se pasa de la acción espontánea con una gestualidad propia de la lucha social, a una demanda escénica de intervención en el campo expandido de las artes, es decir, una performatividad de los cuerpos en sintonía con lo ideológico y lo político.
Como última instancia se busca comprender la dinámica semántica de la personificación a la persona, desde la propuesta visual del carnaval, como una caracterización festiva, de interacción entre la resistencia política y cultural, que enlaza la coyuntura a este territorio y las dinámicas históricas de integración de lo cultural. El carnaval en sí mismo, posee unas estrategias simbólicas que le permiten ser una poética de posibilidad (Quintana, 2016) discursiva de los actores frente a sus intereses y proyecciones de sentido. Esta potencia poética de los repertorios vincula lo popular en cierta cercanía con lo político, en la formación de sujetos y en las maneras de expresión de las demandas sociales dentro de una semiótica cultural.
Es interesante anotar que en cuestiones de la identidad y la generación de vínculos con las comunidades, las acciones sociales colectivas han creado cierta aproximación a elementos culturales de los cuales se desprende, en términos de Cruz (2017: 40) la renovación de los discursos y formas organizativas. Especialmente en las regiones, se encuentra un fuerte vínculo a las formas tradicionales de la expresión cultural.
Así, las expresiones reclaman una iconografía para identificar, clasificar e investigar los vínculos simbólicos para su mejor comprensión, se orienta a demás hacia la definición de contextos de producción y apropiación simbólica a manera de potencialidades políticas. En consecuencia, lo simbólico actúa como repertorio instituyente en tanto es parte de la dinámica tradicional de la acción colectiva que busca un intercambio sensible con los espectadores. En fin, la intención simbólica sería el germen de una acción instituyente para lograr la construcción de acciones emancipadoras.