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Resumen de ponencia
“Imaginarios políticos en el reciente 'asalto a las instituciones' del estado español: ¿hacia un desborde del paradigma tecnocrático?"

*Luis Moreno-Caballud



Resulta muy fácil ahora, siete años después de la irrupción del movimiento 15M en el estado español, infantilizar las voces esperanzadas y a veces quizás ingenuas que emergieron en ese momento. Eran voces que hacían lo posible por no basar su importancia, su valor, en su supuesta pertenencia a la Oficialidad, a la Autoridad, al bloque tecnocrático de "Los Que Saben". Intentábamos que nuestras voces tuvieran valor sin entrar en el juego de la desigualdad. Y eso es bien difícil. Había que inventar otro juego. En las plazas, en Juventud sin Futuro, en las asambleas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), en las Mareas en defensa de la sanidad y la educación públicas, y en infinidad de otros espacios similares, se ensayaron herramientas múltiples para conseguirlo, ninguna infalible. Desde el uso de un registro coloquial y del femenino para los plurales, en el nivel de la lengua, a dispositivos complejos creados por ensayo y error como el asesoramiento colectivo de la PAH, o la constante referencia a nuestra igualdad ante lo cotidiano, lo corporal, a la interdependencia y a la necesidad de sostener materialmente las vidas en las plazas.

No se inventó nada en el sentido de que, junto a los juegos de desigualdad omnipresentes, existen siempre también espacios para la construcción de dinámicas igualitarias, por más precarios que sean. Pero lo que sí sucedió, me parece, fue que durante unos meses hubo una fuerte presencia de esas prácticas igualitarias en la vida cotidiana de mucha gente, aunque fuera sólo como posibilidad. Se hablaba de indignación, de protesta, de crisis económica, pero al mismo tiempo, una especie de pregunta muchas veces no explicitada parecía invadirlo todo: si el juego jerárquico y competitivo de la Oficialidad y sus Expertos nos han metido en este desastre, ¿no podremos jugar a otro juego, no sería posible una especie de tregua en este constante estar por encima o por debajo de los demás para intentar ahora hacerlo de otra manera, para intentarlo ahora como iguales?

Esta posibilidad se ensayó (y se sigue ensayando) sobre todo en diversas situaciones de lucha y de protesta, pero también de convivencia cotidiana, de intervención en el entorno urbano y de experimentación artística o filosófica. Se potenciaron espacios de relación en los que se trató de evitar que el dinero y el prestigio cultural determinaran el valor de las cosas, siempre con muchos problemas, por supuesto, porque la vida está ya profundamente atravesada por esas formas de valoración en el mundo neoliberal y tecnocrático. En algunos casos, se cayó en las paradojas de los purismos anti-jerárquicos (llegando a ver en cualquier gesto la amenaza de la reaparición de la desigualdad). Se fetichizaron a veces algunas herramientas, como la asamblea. Pero, al mismo tiempo, se extendió un cierto “clima” (como lo llamó Amador Fernández-Savater) en el que cundió el ánimo a considerar al otro, al desconocido, como un posible igual, y como un posible colaborador.

Era como si, por un momento, el público dejará de escuchar a la Voz de la Oficialidad, y nos miráramos unos a otros a la cara, para intentar hacer algo juntos. Y el valor de ese algo, no podía venir ya de su pertenencia al repertorio de Los Que Saben. Por el contrario, la tendencia en espacios como las plazas ocupadas, la PAH, etc., era a reconocer valor a las palabras y actos cuando remitían a un mundo en el que cualquiera tenía la capacidad de saber y de valer, sin necesidad de la validación de quienes estaban arriba.

Por otro lado, los mecanismos de producción de desigualdad no dejaban de actuar arrastrándonos de vuelta a su miseria cotidiana, una miseria que para quienes están peor supone perder sus casas, que sus hijos no coman o coman mal, y otras dificultades de supervivencia básicas. Y para quienes están mejor, para la clase media en vías de precarización, la ausencia de un horizonte laboral y la dificultad de desarrollar sus capacidades y habilidades en un entorno ferozmente jerárquico, entre otras cosas.

Ante esto, dos procesos diferentes –aunque ambos impuros y con solapamientos entre ellos- estaban en marcha. Uno, el que inicia el 15M: la construcción de prácticas igualitarias que nos permitan dar valor y sostener nuestras vidas en espacios de colaboración que tratan de desmontar las desigualdades ya existentes. Y otro, el que tal vez ha acabado prevaleciendo: un rearme hecho en nombre de quienes están abajo frente a quienes están arriba, pero un rearme con las propias herramientas del juego de la desigualdad y dentro de su lógica competitiva.

¿Por qué ha acabado prevaleciendo este segundo proceso, al menos por el momento? No lo sé. Ni creo que sea posible establecer causas concluyentes. ¿Por qué desfallecemos? ¿Por qué a veces la alegría se convierte en miedo? Más que una respuesta, lo que quizás nos permite el formular así la pregunta es añadir ese “por el momento”. No hay nada que nos pueda garantizar que la potencia de las prácticas igualitarias no vaya a irrumpir otra vez, desplazando a la pasión de la desigualdad, como sucedió en el 15M, cuando pocos lo esperaban.

Pero fue quizás justamente la capacidad de penetración que tuvo esa pregunta que lanza el 15M -“¿y si lo intentamos como iguales?”-, la que ha planteado un desafío fundamental a las prácticas de igualdad que aparecieron en 2011. Se ha esperado de ellas que encontraran una especie de expresión total, general (y sí, también, estatal).

Y eso ha llevado a que el proceso de construcción de igualdad se haya encontrado teniendo que responder a la pregunta por cómo sería “intentarlo como iguales” desde las instituciones de representación política, porque tradicionalmente éstas han cumplido ese papel supuesta expresión de lo general. Que estas instituciones estaban en realidad fuertemente atravesadas por lógicas de desigualdad y exclusión era bien sabido, y sin embargo, buena parte de la energía experimental liberada por el 15M se ha ido canalizando hacia el famoso “asalto institucional”. Quizás, me parece, porque no hemos encontrado una forma mejor de articular la fuerte voluntad de no convertirse en gueto que animó a las plazas desde el primer momento. El 15M nunca fue un asunto de “activistas” ni de “movimientos sociales”, fue un proceso transversal y masivo, y es como si a la altura de finales de 2013 la inteligencia colectiva que lo impulsaba hubiera preferido optar la difícil vía institucional antes que por una renuncia a seguir siendo mayoritaria.

Los riesgos de esta preferencia resultaban patentes. ¿Quién no sabía que las instituciones políticas y el juego electoral eran un terreno minado? Pero también lo eran en alguna medida las plazas, los barrios, los hospitales, las escuelas, etc, todos esos espacios estaban ya también recorridos por profundas desigualdades. El salto cualitativo, entonces, me parece que no es tanto el intento de llevar la lógica igualitaria del 15M a las instituciones políticas (ya se había intentado llevar a otras instituciones –culturales, educativas, sanitarias, etc- que eran igualmente refractarias a ellas). El cambio importante de deriva me parece que es el que se produce en los momentos –y no hay aquí una linealidad sencilla- en los que las herramientas y lógicas de la desigualdad se empiezan a utilizar en pro del objetivo o de la pregunta igualitaria que puso en marcha el proceso del 15M.

No hay blanco o negro, se trata de procesos impuros, complejos y ambiguos. Pero me parece que eso no nos puede impedir aspirar a marcar diferencias. No a todo el mundo se le ha metido en la garganta la Voz de la Oficialidad de la misma manera, no en todo los frentes del “asalto institucional” se ha cedido al retorno de los repertorios de la desigualdad con la misma complacencia. No son lo mismo, por poner quizás el ejemplo concreto más importante, los procesos municipalistas que Podemos. Sus relaciones con la herencia igualitaria del 15M son distintas.

En realidad, aún trabajando a trazo grueso y desde hipótesis que habría que matizar mucho más, me parece que es justo decir que el salto cualitativo principal que ha aparecido en estos años es justamente el desmarque de la actual dirección de Podemos –el llamado “grupo de la Complutense”- respecto a esa herencia igualitaria del 15M. Ninguna voz dentro del universo plural de personas afectadas por la grieta que abre el 15M había decidido reivindicar tan abierta y contundentemente un retorno a aspectos fundamentales de la Voz de la Autoridad, y del mundo desigual en el que se basa.

Afortunadamente, tenemos contra-ejemplos. Y quizás, más allá de toda otra consideración teórica, ese sea el mejor argumento de la crítica a la actual dirección de Podemos: existen los llamados “Ayuntamientos del cambio” y también las “confluencias”, y en ellas hemos visto que hay maneras diferentes de acercarse a las instituciones, maneras que intentan –no sin multitud de problemas- ser más fieles al método igualitario del 15M.

Frente a la hipótesis de los de la Complutense y su “máquina electoral”, allí donde el “asalto institucional” se ha mostrado menos basado en las herramientas del autoritarismo cultural y la competitividad, allí donde se ha mostrado más generoso permitiendo confluencias, lógicas no partidistas y liderazgos menos patriarcales, es donde los resultados electorales han sido mejores. Podemos se ha convertido rápidamente en un partido más, pero los procesos de transformación política abiertos por los municipalismos y las confluencias siguen experimentando con la posibilidad de llevar lógicas igualitarias a las instituciones políticas. Se ha demostrado así que el problema no es la entrada en las instituciones, sino el acatamiento acrítico de los juegos de desigualdad que las impregnan.




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* Moreno-Caballud
University of Pennsylvania UP. Philadelphia, Estados Unidos