Nosotras las que nos reconocemos mujeres, las que así nos identificamos o nos identifican, las que nos etiquetaron al nacer y las que como resultado de la construcción de los géneros establecida por los supuestos heteronormativos resultamos performando la “feminidad”. Nosotras, somos el sector de la población que bajo los imaginarios colectivos somos sinónimo de belleza, maternidad, responsabilidad, disciplina, delicadeza, armonía, pulcritud y sobre todo el pilar de la familia.
Y, cómo no ser la muestra viviente de tales “virtudes” occidentales, si desde la infancia, o incluso desde antes de nacer, hemos estado inmersas en instituciones como la escuela, la iglesia y la misma familia que nos han moldeado para reproducir lo que se espera de las mujeres. Si usted logró representar algunas características propias del deber ser de las mujeres, entonces, usted es una de nosotras. Sí, de las que no pueden salir de la casa sin peinarse, de las que come menos por pena o simplemente de las que como yo, dejo de hacer actividades en su infancia porque eran muy masculinas.
No obstante, no todo está determinado por el sexismo, las instituciones y la hegemonía heteronormativa, en cada una de las vidas de las mujeres, hay acciones, pensamientos y en general prácticas culturales que escapan a la modernidad, que le huyen a los binarios y que salen a la luz como voz de lucha de las mujeres que quieren decir lo que piensan, hacer contar sus puntos de vista, poder transformar sus contextos inmediatos y en última instancia lograr re significar los contenidos que construyen la división social estereotipada de los géneros.
Cuando salimos a la calle vestidas como queremos, al apropiar el espacio público y al hacerlo nuestro patio de juegos, intercambio y plaza pública de nuestras posiciones políticas, estamos alterando el orden establecido, decimos fuerte y claro que la posición secundaria no es la realidad que queremos y comenzamos a insertar dudas sobre los valores aprobados, generando así espacios de crítica y reflexión que pongan a tambalear los privilegios masculinos y promuevan el reconocimiento de masculinidades alternativas.
Es imperante recordar que, en cada lucha por el reconocimiento de derechos, por la equidad y los enfoques diferenciales, hay quienes quedan en el camino y no logran conocer la etapa post revolución. Pues las mujeres que actuamos por fuera de los supuestos sexistas, que no performamos con excelencia el femenino ideal y que resistimos los roles subordinados impuestos, somos “las otras”, las que con actos rutinarios estamos haciendo la revolución, pero a la vez somos las víctimas del conflicto entre el campo establecido y aceptado y el escenario novedoso e incluyente.
“Las otras”, somos las que ellos y ellas odian, las que ellos y ellas no quisieran ver, las que ellos y ellas atacan, intimidan y vulneran, somos las etiquetadas con las mismas variables que “nosotras” pero asignándonos la carga simbólica negativa de tales categorías. Ojalá seas bella pero no a tu manera ni poniendo en riesgo a tu familia, ojalá seas disciplinada pero no para construir colectivos de mujeres que se apoyan, escuchan y empoderan. Al ser la otra cara del “nosotras”; “las otras” son un reto que hay que combatir, a quienes hay que recordarles su lugar y pedirles que no cambien la “naturaleza” de las cosas.
“Las otras” son las cifras de feminicidio en cada país, los casos de acoso callejero, las que tienen miedo al espacio público, las que son vulnerables y por ello son objeto de violencia psicológica, física, sexual y patrimonial.
“Las otras” se construyen sobre la base de un grupo etiquetado con rasgos de los sectores sociales a quienes se odia. Creemos que es contagioso ser demasiado femenino, como cuando los hombres temen a la homosexualidad por parecer “locas” (termino colombiano para “hombres homosexuales demasiado afeminados”); es una degradación tanto para hombre como para mujeres, por ejemplo en Colombia se usa la expresión: “mucha nena” para referirse a alguien que tiene miedo de hacer algo; y por último creemos que ser mujer es la falta de control total de nuestro cuerpo, recordando a Simone de Beauvoir en el Segundo Sexo, la menstruación es la justificación para la necesidad de una ayuda masculina que nos contenga en nuestros días, en Colombia también se usa la expresión: “ay le llegó? O está veintiochudo(a) (sic)?”, para ridiculizar a alguien que está expresando sus sentimientos o está depresivo (a), nostálgico (a), etc, al relacionar su estado emocional con el estar menstruando.
Entonces cada una de nosotras es en algún momento una de las otras, atemorizada, combativa o violentada, parece que están estrechamente relacionadas las acciones hostiles con los desafíos que representa la mujer, estar en la calle de noche es una invitación al acoso o al acceso carnal violento.
Para comenzar a ser “otras” libres, seguras, con reconocimiento y garantías plenas de derechos, para poder ser quienes queramos ser sin vernos ad portas de la muerte, debemos en primera medida reconocer las prácticas revolucionarias que se evidencian en nuestro día a día, en segundo lugar generar grupos de reflexión sobre los privilegios que generan discriminación, violencia y principalmente sexismo, para transformar imaginarios colectivos propios y colectivos, y finalmente usar todo medio disponible para identificar la problemática, hacerla visible y generar estrategias de resignificación de los roles de género.