Mi trabajo gira en torno a los textos de la segunda generación de cubanoamericanos, es decir, los que nacieron en los Estados Unidos, hijos de padres cubanos o de pareja mixta desde el punto de vista étnico. Todos ellos están más distantes de Cuba que la llamada generación del guion o 1.5 que les antecedió, cuyo interés obsesionante por Cuba era comprensible por haber sido este su lugar de origen. Pese a tal distancia, los de la segunda generación se sienten igualmente atraídos por esa isla del Caribe que hasta hace pocos años era difícil de visitar desde el lado del Estrecho de la Florida donde está ubicada la Pequeña Habana, sede del enclave étnico fundado por los cubanos exiliados.
A partir de la reanudación de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos en diciembre de 2014, se desató una verdadera avalancha de retornos a la Isla de parte de cubanos que, debido a los graves obstáculos que se interponían de ambos lados, habían permanecido al margen de los regresos. Algunos regresan tras un lapso muy largo, como la compositora Tania León, quien dejó Cuba hace cincuenta años. Ahora vuelve para dirigir la Orquesta Sinfónica Nacional, la cual tocaría una de las piezas compuestas por León. Después de haber adquirido renombre en Nueva York, el percusionista Pedrito Martínez se dispone a grabar su primer álbum en Cuba en compañía de otros músicos que transitan libremente fuera de las fronteras nacionales. Los artistas plásticos Consuelo Castañeda, Glexis Novoa y Carlos García de la Nuez arriban para finalmente exhibir de nuevo su obra en Cuba bajo un clima de mayor anuencia. Otros pocos regresan para quedarse, como los repatriados que, desde la reforma migratoria de 2013, tienen la opción de establecer su propio negocio con el capital acumulado en el extranjero.
Y algunos de los que “regresan” pertenecen a la segunda generación. Mónica Castillo, una joven cubanoamericana crítica de arte, escribió que iba “por primera vez a su patria” cuando por fin pudo viajar a La Habana para asistir al Festival Internacional de Cine de 2015. Agrega que ella no creció en Cuba, pero sí con Cuba. Richard Blanco, el connotado poeta nacido en Madrid, hijo de padres cubanos y trasplantado a los Estados Unidos, ha expresado que lleva a Cuba en su corazón y que sus visitas recientes a la Isla deben entenderse como un retorno. Ello no impidió que lo invitaran a leer su poesía el día de la toma de posesión de Obama. Ambas declaraciones son sorprendentes, ya que las investigaciones académicas establecen el debilitamiento de los lazos con el país ancestral a medida que pasa el tiempo, y ciertamente ya para la tercera generación este debe ser solo un vago recuerdo. Gustavo Pérez Firmat, el autor de La vida en vilo, alegaba, por ejemplo, que los descendientes de la generación 1.5 serían cubanos en nombre solamente.
¿Qué papel juega Cuba en los textos de estos cubanoamericanos? ¿Qué los conduce a llegar allí y qué genera la búsqueda? Mi trabajo rastrea las respuestas a estas preguntas en las novelas, cuentos, poemas y artículos que han publicado tras ir a Cuba a título individual o como parte de una delegación. La CubaOne Foundation, por ejemplo, ha organizado y costeado varios contingentes de jóvenes cubanoamericanos a la Isla, y sus integrantes han producido ya una literatura testimonial. Miranda Hernández, estudiante de la Universidad de Berkeley, por ejemplo, se sintió en casa al conocer por primera vez al otro lado de la familia y desde entonces ha servido de puente entre las dos orillas. O el de Derek Palacio, quien se nutre de las memorias de segunda mano heredadas de su padre para escribir lo que ha publicado. Pretende que su viaje a Cuba le permita generar sus propias memorias. Un nieto de exiliados, Víctor Ramírez, “vuelve” para comprobar si la realidad puede competir con la ficción de las historias recibidas.[i] Los jóvenes viajeros a veces se refieren a la experiencia como un homecoming, mientras otros se sienten divididos al exponerse a lo obligó a sus padres a abandonar la Isla. Por otra parte, Cuba aparece en las novelas de escritores como Chantel Acevedo, Jennine Capó Crucet, Vanessa García y Ana Menéndez, amén de otros cubano-americanos de la segunda generación que recién están dándose a conocer.
Utilizando el término acuñado por la historiadora vasca Miren Llona de “enclaves de la memoria”, propongo el reconocimiento de impresiones, reacciones, sentimientos y emociones que dejan sus huellas en los cuerpos, haciendo que emerjan semejantes enclaves. ¿Cómo se manifiestan y cuál es el impacto de los mismos entre los cubanoamericanos de la segunda generación? ¿Qué implicaciones tiene este fenómeno para la noción de identidades territorializadas?