El modelo policial actual tiene su genealogía en el modelo de Estado policial de la última dictadura cívico militar (1976/1983), heredado y aprendido de la Escuela Militar Francesa.
Cuando hablamos de la relación entre la policía (como el monopolio del uso de la fuerza dentro del Estado) con los sujetos que habitan el Estado estamos hablando de la relación entre el poder y la vida, por ello me parece relevante partir de una figura del derecho romano rescatada por el filósofo italiano Giorgio Agamben: el homo sacer, se trata de un individuo que ha sido condenado por el pueblo por determinados delitos, por ejemplo, parricidio. La condena consiste en que si alguien lo mata no comete homicidio; por otro lado, su vida no puede ser ofrecida en sacrificio a los dioses. Usando un concepto moderno, esta vida fuera de la ley es la situación en un estado de excepción, no sólo apátrida, tampoco los dioses lo protegen. Y esto es muy importante en la interpretación de Agamben porque es la vida que nunca puede tener el estatus de bios, lo que llama vida desnuda (nuda vida). Ahora bien, ¿Por qué se llama hombre sagrado? Uno de los significados de sagrado es separado, segregado, y Agamben sostiene que hay política cuando alguien puede tratar a otro como un homo sacer, cuando existe un poder soberano que puede disponer de una vida sin estar sometido ni a las leyes de los hombres ni a las leyes de los dioses, cuando puedo suprimir vidas sin cometer homicidios y sin necesidad de cometer sacrificios. Es el antecedente del estado de excepción, el estado de sitio, la suspensión de las leyes; es ese espacio sin ley donde el poder se enfrenta con la vida biológica para hacer con ella lo que quiera. La nuda vida es una vida disponible, eliminable.
En los campos clandestinos de detención de la última dictadura eran espacios sin ley donde el poder se enfrentaba a la vida para hacer de ella lo que quisiera, ya que los prisioneros/secuestrados no gozaban del estatuto de prisioneros de guerra según la Convención de Ginebra ni la de imputados por un delito; había un reglamento, el RC19, que encuadraba a los oponentes denominándolos elementos subversivos. Aquí podemos trazar un paralelismo con la actual “doctrina Chocobar” donde el Estado le da la presunción de inocencia al policía que mata a un delincuente o a un sospechoso de cometer delito, de tal manera se afirma: policía que mata en esas circunstancias no comete homicidio.
Tengamos presente que el modelo de la dictadura militar, heredado de la Escuela Militar Francesa, desarrolla la concepción de enemigo interno, esto es que el enemigo no es un soldado de un ejército extranjero sino que se encuentra entre “nosotros” o sea dentro de la población, mezclado con ésta, cualquiera podía ser un subversivo. En la actualidad esta concepción de enemigo interno se ha desplazado hacia los jóvenes de sectores populares, cualquiera de ellos puede ser un delincuente, de esta manera una cuestión social (desempleo, pobreza) se desplaza hacia una cuestión de seguridad (delincuencia juvenil).
Otra concepción heredada es la de la división del territorio en cuadrantes, la Junta Militar dividió al país en comandos de zonas (Córdoba era la Zona III dividida a la vez en subzonas). En la actualidad la ciudad de Córdoba está dividida en cuadrantes según características sociales, delictuales, urbanas, demográficas y geográficas, pero principalmente son clasificados según un criterio de vulnerabilidad, consistente en el resultado del cruce de variables educativas y laborales, y en razón de ello se establecen cuadrantes rojos, de alta vulnerabilidad; amarillos, de mediana; y verdes, de baja. Y el Estado mediante su poder punitivo apunta esencialmente hacia las áreas de alta vulnerabilidad que son las más segregadas y carenciadas de la sociedad.
Otros puntos de conexión, entre el Estado policial de la dictadura y el actual, los podemos remarcar en el uso de una retórica bélica, como por ejemplo decir: “guerra contra la delincuencia”, “lucha contra el narcotráfico”, lo que vuelve a remarcar que hay un enemigo. Este léxico legitima las representaciones que tiene la policía sobre la situación a la que se enfrenta y las modalidades con las que interviene para mantener el orden; lo que la lleva en numerosas oportunidades a actuar como un ejército de ocupación, entrando en las barriadas populares derribando las puertas de las viviendas, exhibiendo armamento, aterrorizando a los niños y haciendo un despliegue espectacular de la fuerza justificando prácticas de excepción que conducen a excesos que no sólo afecta a los delincuentes sino a la población del lugar en general.
Sumemos a lo anterior, las prácticas de control de identidad de modo discrecional, que tienen por objetivo disciplinar a los jóvenes considerados peligrosos, y provocar lo que Bourdieu llama el habitus del humillado (1989:19). Y aquí cabe aclarar, que generalmente cuando se habla de violencia policial nos referimos al uso injustificado y desproporcionado de la fuerza física que se manifiesta como acción sobre el cuerpo y tiene consecuencias de fácil identificación como heridas o la muerte; pero existe también una violencia ignorada porque no deja marcas corporales, al no ser nombrada este tipo de violencia no es vista por la sociedad y no es reconocida por la justicia, son
violencias invisibles que resultan legitimadas, y son las más sufridas por los jóvenes que se naturalizan en escenas cotidianas de humillación y crueldad.
Por otro lado, la policía rara vez tiene conflictos morales en relación con estos temas, más bien se sienten víctimas de la incomprensión social debido a que existen atenuantes de su responsabilidad que son construcciones discursivas que dan motivos a la policía para actuar, como la negación de la víctima, la negación del daño y la condena a quien los condena.
Como resultante de lo manifestado podemos afirmar que en algunos espacios de nuestras ciudades se hace de la excepción la regla; que el trato desfavorable a algunos sujetos no es por lo que hacen sino por lo que representan. (Un joven de barrio popular no solo es sospechoso a prima facie sino también maltratable porque “algo habrán hecho”); y la policía como fuerza del orden marca el territorio donde cada uno debe estar, en definitiva reproduce la dominación de unos sectores sobre otros.