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Resumen de ponencia
Los muros que dividen a la ciudad de Rosario: un abordaje desde los estudios culturales y la contextualidad radical.

*Maria Julia Solovitas



La marcada distinción entre las disciplinas ha desaparecido; hay para la teoría un nuevo terreno y este necesariamente, es el terreno de los cruces. Es por eso que los estudios culturales nos permiten analizar algunas de las problemáticas de este siglo a partir de un abordaje que intenta ser holístico.
Los estudios culturales nos brindan una aproximación interdisciplinar a los fenómenos, preguntándose fundamentalmente por las relaciones entre cultura y poder (Restrepo, 2013). Nos permiten tomar en cuenta la articulación entre lo transnacional, lo nacional, lo local y lo personal (Abu- Lughod, 2005). Sin embargo los representantes de esta disciplina nos advierten sobre la importancia de no analizar a un ciudadano descontextualizado; y hacen explícita la necesidad imperiosa de la contextualidad radical¬.
La necesidad de construir un saber situado interpela al investigador, tanto en relación al objeto, como también en relación al sujeto que realiza la investigación. Si los estudios culturales son “una práctica radicalmente contextual y coyunturalista” (Grossberg, 2012: 17), es imprescindible desarrollar el conocimiento situado. Es necesario hacerse preguntas sobre la propia coyuntura, el planteo de problemas cuya comprensión sirva para mejorar el futuro, pero desde la propia realidad. Esto implica ponerse a pensar desde dónde se escribe, desde qué lugar, y hacerlo explícito, en pos de la honestidad intelectual. De esta manera, el investigador puede posicionarse desde una postura intelectual, moral y política sin por eso ser tildado de no estar haciendo ciencia.
Los estudios culturales nos ponen en la obligación, tal como lo enuncia Grossberg, de “encontrar una práctica intelectual que asuma su responsabilidad frente a un contexto cambiante (las condiciones cambiantes en lo geográfico, histórico, político, intelectual e institucional) en el cual funciona” (2012: 23). ¿Para qué sirve un intelectual si no es para asumir su responsabilidad frente al contexto? ¿Es necesario transformar la realidad en la que uno está inserto? ¿De qué nos sirve estudiar algo que no podemos transformar? Los estudios culturales responderán afirmativamente a la primera de las preguntas y quizás como única respuesta de la segunda, sostengan que no sirve para nada. Y esto es así en pos de que esta disciplina intenta “constituirse como una práctica intelectual con una clara vocación política” (Restrepo, 2013: 126).
A partir de la Segunda Guerra Mundial la ciudad comienza a ocupar el lugar que antes ocupaba el Estado-Nación. Parafraseando a Virilio (2005), podemos asumir que pasamos de la geopolítica a la metropolítica, y este paso implica una vuelta al Estado policial. El urbanista francés sostiene que nos hemos transformado en soldados-ciudadanos y que estamos dominados por el miedo y la inseguridad antes que por un sentido de responsabilidad por nuestra ciudad-estado. En palabras de Virilio (citado en Rodriguez P., 2005):
“Dos son las consecuencias de esta transformación sensible de la política. Al interior de las ciudades, el sujeto no sabe cuándo ser soldado ni cuándo ciudadano, porque desconfía del vecino, no sabe quién es el enemigo y las fuerzas de seguridad son a un tiempo una policía y un ejército”.
El objeto de estudio es la puerta de entrada al contexto: nos indica que hay una historia que contar pero aún no sabemos cuál es (Grossberg, 2012: 43). Así el objeto de estudio de la presente investigación será los muros que dividen a la ciudad de Rosario, una de las más importantes de la República Argentina. Rosario es una ciudad atravesada por profundas desigualdades, plasmadas en la arquitectura, el trazado de la ciudad, las desventajas de un lado de los muros y la ventaja de pertenecer, por otro lado. ¿Cuáles son los muros que dividen a esta ciudad? ¿Cuáles son los muros que dividen a los habitantes de la ciudad de Rosario? ¿Es Rosario una ciudad muro?
Mora Rojas y Román López (2012) clasifican a los muros en virtuales, materiales e imaginarios. Por virtuales entienden a los dispositivos electrónicos e informáticos. Por su parte, los muros materiales son los que determinan de manera concreta los límites entre un territorio y otro. Finalmente, los imaginarios son los muros intangibles y que se concretan en el orden de lo cultural y se ven reforzados por los medios de comunicación, las leyes y la práctica cotidiana. Es decir, que están construidos por “ladrillos culturales y emocionales” (Mora Rojas & Román López, 2012: 49) como la discriminación, la xenofobia y el etnocentrismo, entre otros factores. Es así que abordaremos por un lado, los muros que dividen espacial y tangiblemente a Rosario; y por otro, esos muros invisibles e intangibles que se ocupan de separar a aquellos que viven de un lado y del otro de los diferentes muros.
¿Qué entendemos por muro? ¿Cuál es su significado y su significante? ¿Cómo se plasman en el día a día? ¿Existen desde siempre o su presencia es reciente? Si existieran desde siempre, ¿han aumentado en número? ¿Son cada vez más difíciles de atravesar? ¿Es reconocida su existencia por quienes transitamos la ciudad? ¿Es reconocida su existencia por las autoridades? ¿Qué sienten los que están a un lado y al otro del muro?
Se trata de una manera diferente de hacer y responder preguntas, quizás por esto los trabajos enmarcados en los estudios culturales giran en torno a preguntas y no a afirmaciones, porque esto hace a la especificidad metodológica de la disciplina. Los estudios culturales no ofrecen respuestas, simplemente (nos)interrogan. Así el hacer preguntas es sinónimo de cuestionar, es condición sine qua non para desnaturalizar, es “el cuestionamiento como supuesto necesario para el trabajo crítico, la oposición política y el cambio histórico”. (Grossberg, 2012: 22)
Como sostiene De Certeau (2000), pese a la creencia sobre la página en blanco, siempre escribimos sobre lo escrito. Escribiremos sobre la idea de frontera, como concepto de la modernidad relacionado con el concepto de Estado. ¿Puedo hablar de fronteras dentro de una unidad subnacional? ¿Cuál sería la palabra para nombrar los límites entre los distintos barrios: ¿muro, límite, frontera?
¿Cómo repercuten los muros en los cuerpos? ¿Cómo circulan los cuerpos? De un lado: tatuajes, cuerpos gordos, fofos, pero a la vista, la impudicia, el pantalón apretado, el escote, el pantalón caído, las zapatillas grandes, el estilo pandillero. Tinturas que acercan al ideal de mujer, mucho rubio, muchas mechitas, en ellas, y también en ellos. El rubio como la escalera que me permite ascender, la necesidad de pertenecer, a través del cambio de color en el cabello me acerco a ese estereotipo de mujer y de hombre que venden los medios, a ese estereotipo que posiblemente pueda encontrar al otro lado del muro. Del otro: cuerpos esculpidos, trabajados a fuerza de actividad física, muchas veces en gimnasios pero también los fines de semana en las calles recreativas, que nos permiten a los que vivimos de este lado del muro “cambiar el aire”.
¿Podemos considerar a la economía como otro muro? ¿Es la crisis económica, ya no en términos de indicadores macroeconómicos, sino en la posibilidad o no del acceso de todos los ciudadanos a los bienes y servicios como una línea demarcatoria que confina a un lado o al otro del muro? ¿Cómo circula el dinero? Siguiendo a García Canclini podemos afirmar que “las luchas generacionales acerca de lo deseable y lo necesario, muestran otro modo de establecer las identidades y construir lo que nos distingue” (1995: 14). Las identidades ahora se basan en el consumo, dependen de lo que uno tiene o de lo que es capaz de apropiarse. Cuando seleccionamos los bienes y nos apropiamos de ellos, definimos lo que consideramos públicamente valioso (García Canclini, 1995). Y si no se puede poseer legítimamente, se apropia a como dé lugar. El aumento de los índices de criminalidad en Rosario da cuenta de ello, sobre todo en el periodo que va de 2008 a 2015 según datos difundidos por el Ministerio de Seguridad de la Nación en 2016 .
Si entendemos al consumo y a la ciudadanía como procesos culturales; ser ciudadano no tiene que ver solamente con que se reconozcan los derechos políticos, sino también con las prácticas sociales y culturales que dan sentido de pertenencia (García Canclini, 1995). ¿Cuáles son esas prácticas que hacen sentir que se pertenece a la ciudad de Rosario? En un punto esto nos permite entender la necesidad de posesión de teléfonos inteligentes y zapatillas carísimas entre los que están a un lado del muro. ¿En qué gastan las clases populares? Por otro lado, ¿cómo circula el dinero traspasando el muro? ¿En qué gastan la clase media y la clase alta? ¿Qué nos da sentido de pertenencia? ¿El fútbol? ¿El Monumento? ¿El río? ¿Las zapatillas carísimas? ¿El último modelo de smartphone? ¿Qué nos hace pertenecer: Mastercard o Samsung?
El muro sirve para dividir, para separar, para proteger, para distanciar. El muro nos brinda una falsa sensación de seguridad, para atravesarlo hay que escalarlo y eso es muy difícil, sólo unos pocos pueden escalar, sólo unos pocos pueden ascender en la escala social. El muro como la metáfora perfecta de un mundo para pocos, de un mundo donde no quepan todos, sólo aquellos que puedan escalarlo y ascender: la vieja idea de que todos partimos del mismo punto de largada, con las mismas posibilidades; sólo llegan los más aptos; sólo traspasan el muro los que se esfuerzan o los que irrumpen con la fuerza de la violencia más visceral. Muchas veces los empuja el resentimiento, el dolor de no pertenecer, la experiencia de crecer espiando las bondades de detrás del muro que los artefactos se encargan de enrostrarles todo el tiempo. El muro como reflejo de un mundo donde “el miedo y el pánico son los grandes argumentos de la política moderna”




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* Solovitas
Universidad Abierta Interamericana - UAI. Rosario, Argentina