El desarraigo en Colombia y la necesidad de echar raíces: Una lectura desde Simone Weil
Esta ponencia tiene por objeto hacer un acercamiento al desarraigo en Colombia y a la necesidad de echar raíces como posibilidad para pensar en formas de reconfiguración ética y política de la experiencia. Desarraigo puede ser entendido a la vista de la filosofía de Simone Weil como una forma de desplazamiento forzado pues, éste se constituye en una ruptura de las raíces materiales en las que el individuo construye su mundo históricamente. A partir de algunos ejemplos de desplazamiento forzado en este país veremos la dimensión ética y política del desarraigo y las formas de violencia que se han sedimentado para luego encontrar allí formas de re-invención de la experiencia.
En Colombia, de acuerdo con el Registro Único de Población Desplazada (RUPD), la población desplazada alcanza una cifra aproximada de tres millones y medio de personas desplazadas. Se considera desplazada a “toda persona que se ha visto forzada a migrar dentro del territorio nacional abandonando su localidad de residencia o actividades económicas habituales, porque su vida, su integridad física, su seguridad o libertad personales han sido vulneradas o se encuentran directamente amenazadas, con ocasión de cualquiera de las siguientes situaciones: conflicto armado interno, disturbios y tensiones interiores, violencia generalizada, violaciones masivas de los derechos humanos, infracciones al derecho internacional humanitario u otras circunstancias emanadas de las situaciones anteriores que puedan alterar o alteren drásticamente el orden público”. Artículo 1º de la ley 387 de 1997. Señalemos a continuación de qué manera la filosofía de Simone Weil, y en especial su obra Echar raíces escrita en 1943, nos permite pensar este fenómeno del desplazamiento.
Echar raíces es, afirma Weil, “la necesidad más importante e ignorada del alma humana”. Una raíz es aquello que ata al ser humano a “su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro” (Weil, 2001 51). Esto quiere decir que estas raíces son inducidas automáticamente por el lugar del nacimiento, la profesión, la vida de sus padres, el entorno y sus condiciones heredadas del pasado. Así “(E)l ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual en los medios en los que forma parte naturalmente” (Weil, 2001 51).
El desarraigo, por su parte, y a diferencia de esta necesidad de echar raíces, se constituye en esa ruptura de las raíces materiales de las que un individuo hace parte históricamente. Aquí nos interesa entonces rescatar este segundo registro, el desarraigo es así un destierro, una desaparición, un arrancar de raíz una costumbre, una tradición o un hábito. El desarraigo en Colombia puede leerse como una forma de desplazamiento forzado porque obliga a las poblaciones afectadas a desplazarse de su territorio, a perder sus raíces. En este sentido, el desarraigo es una enfermedad casi mortal para las poblaciones sometidas porque se arrancan de raíz las condiciones históricas que hacían de ellas tal existencia. Sin embargo, aunque esta es una enfermedad casi mortal no es la muerte, es una constante enfermedad en la vida, una suerte de deambular sin arraigo.
A la vista de algunas experiencias de desplazamiento forzado en Colombia, nos interesa en esta ponencia insistir en que aunque el desarraigo elimine todas las raíces, son éstas en forma de sensaciones, espectros, en forma de recuerdos instantáneos, de figuras, de imágenes, de ensoñaciones o posibilidades de re-configuración las que permitirían abrir, de cierta manera, una fuerza performativa del lenguaje en la configuración de lo social o una posibilidad de transfiguración en esta forma del desarraigo. Ese pasado que ha sido heredado, recreado por los sujetos mismos y que ahora se desvanece siempre puede, en algún sentido, echar raíces. Esta es una condición que se anuda directamente al pasado. “Nosotros –afirma Weil- no tenemos otra vida, otra savia, que los tesoros heredados del pasado y digeridos, asimilados, recreados por nosotros mismos. De todas las necesidades del alma humana ninguna más vital que el pasado” (57).
Ahora bien, con esta necesidad vital del pasado Weil no aboga por una identidad transparente consigo que el individuo tendría que recuperar. Su llamado a “echar raíces” no tiene que ver con el hecho de trazar una historia de la víctima, del inmigrante, del desplazado para así reivindicar su imagen e identidad perdida. Dicho de otro modo, la necesidad de echar raíces no tendría que ver con la re-afirmación de una identidad que se considera inmutable, pues, aunque el arraigo tiene que ver con una condición histórica, cultural, en la que se reproducen costumbres, tradiciones, hábitos etc., éstas raíces no pueden ser nunca las mismas exactamente y se hacen presentes en figuras y trazos de re-configuración. Las raíces aunque hagan parte de un mismo escenario histórico se movilizan de múltiples maneras en unas formas de vida que han sido atravesadas por distintas tradiciones, afectos, rituales, costumbres, modos de sentir, modos de habitar etc.
El desarraigo para decirlo más claramente, se expresa en dos sentidos de la desgracia. En palabras de Weil “Los seres desarraigados tienen sólo dos comportamientos posibles: o caen en una inercia del alma casi equivalente a la muerte (…) o se lanzan a una actividad tendente siempre a desarraigar, a menudo por los métodos más violentos, a quienes aún no lo están o sólo lo están en parte” (54). Esta experiencia del desarraigo convertiría al hombre, por un lado, en una materia inerte que reproduciría el estado-cadáver del que hemos hablado porque “de la noche a la mañana se convierte en el suplemento de la máquina, en poco menos que una cosa que a nadie preocupa con tal de que obedezca” (59) Por otro lado, al ser un hombre desarraigado, reproduciría violentamente el desarraigo, pues, “Quién está desarraigado desarraiga. Quien está arraigado no desarraiga” (54) Hay, de esta manera, distintas formas de desarraigo: deportaciones masivas, conquista militar, el dinero y la dominación económica, las relaciones internas al interior de un mismo país, desplazamiento forzado etc.
Weil, S. (1996) Echar raíces. Madrid. Trotta.