Implícitamente las profesiones humanas y su relación con el otro, exigen motivos éticos; no obstante, el maestro tiene una doble obligación: instaurar valores y aplicarlos, además de hacerse cargo de sus resultados; por tanto, el maestro tendrá que ocuparse de ser honesto y transmitir dignidad, sin descartar el resultado de sus enseñanzas y el impacto de sus actos de habla. Su compromiso con los valores le debe cuestionar constantemente, ya que es ejemplo para quienes depositan su confianza en él, si no es así, nada podrá pedir con sentido si antes no puede demostrar con su ejemplo lo que es posible. Por otra parte, es su compromiso atender al resultado de la enseñanza, ya que sin proponérselo estaría contribuyendo a transitar hacia fines inmorales.
El hecho de ser maestro, a diferencia de otras labores, no solo compromete la ejecución mecánica de actos y acciones desde donde se puede obrar en un marco impecable de perfección ética, sino más bien de haber educado en circunstancias reales, donde educar demande la acción por interesarse e involucrarse en asuntos comunes a todos y de tomar iniciativas que superen el estrecho mundo de la individualidad.
Elaborado el anterior panorama, más allá de las cuatro paredes donde se involucra de manera directa al maestro como sujeto de valores y responsable de las consecuencias en el acto educativo, junto con el esbozo conceptual para el desarrollo del tema, y como razón pedagógica para ser tenida en cuenta por quienes leen este artículo, es pertinente asumir el componente filosófico de la praxis como reflexión en la acción y en, consecuencia, sus actos de habla, entendidos estos como aquellos capaces de dirigir la atención hacia los actos humanos que dependen en gran medida de su propia voluntad para construir lo público.
En consecuencia, en la exhortación inicial para dialogar con lo político como expresión del actuar humano, es necesario argumentarla de modo consecuente con el carácter primordial de la praxis y su relación con los actos de habla. Con frecuencia, lo que se presenta como acción política no es más que la exposición de distintas opiniones a la ligera, las cuales dan lugar a nuevos supuestos que no permiten aclarar dicho concepto. Por tanto, las discusiones alternativas sobre política y post conflicto parecen dar paso a las “modas” efímeras, que se ofrecen al mercado con las mismas técnicas mediáticas-comerciales con las que se presentan los artículos de consumo. Es como si Minerva –hija de Júpiter–, diosa de la sabiduría, hubiera decidido nunca más habitar en algún recinto.
En ese orden de ideas, el término praxis es un concepto antropológico que versa sobre el estudio de la realidad humana, como ciencia que trata los aspectos históricos y sociales del hombre. Y, es precisamente ahí, en dicha definición de la experiencia humana que habita la posibilidad de la educación. La conciencia del inacabamiento, como realidad humana en constante búsqueda, genera lo que se denomina la “educabilidad del ser”; así, la praxis reconoce al maestro cuando realiza sus acciones políticas y su compromiso con nuevas formas de ver el posconflicto, tal como las describe el artículo ¿Es posible recuperar el sentido de la política?, de Daniel Valencia (2006), cuando acude a Arendt, quien considera la política:
"Como el ámbito del mundo en el que los hombres eran primariamente activos y daban a los asuntos humanos una durabilidad que de otro modo no tendrían. La esfera política surge de actuar juntos; de compartir palabra y actos. La acción y el discurso solo se construyen mediante la presencia de otros con los cuales, y ante los cuales, la acción estaba encaminada a la creación de los cuerpos políticos, a la creación y defensa de la polis, mientras que el discurso no era considerado como las grandes palabras, o las retóricas floridas, sino la palabra oportuna en el momento oportuno. (p. 71)
En conclusión, la praxis como enfoque de reflexión política, construye situaciones en la misma práctica y el quehacer pedagógico.