¿Cómo podría trazarse un contrapunto entre los estudios culturales y la crítica poscolonial, corrientes que, en latitudes y temporalidades propias, nacieron para contestar malestares teóricos e insuficiencias en el trabajo de problemáticas contemporáneas? Esta ponencia sostendrá la tesis de que la recuperación genealógica de los estudios culturales se puede comprender más cabalmente si tenemos en cuenta la emergencia coetánea de esta corriente junto con los estudios poscoloniales a finales de los años 70 del siglo XX (al menos de cierta vertiente de ellos). Lo que hoy se llama la “crítica” poscolonial nace con una premisa clave: desmontar –deconstruir- las estrategias del Discurso de Occidente (Hall) para mostrar su particularidad y su parroquialismo (y a la vez, problematizar críticamente la irreversibilidad de los procesos históricos, así como su inclaudicable condición de apertura). Por otra parte, la tarea del archivo poscolonial ha sido evidenciar desde dentro la condición irreductible de silenciamiento de las culturas “negadas a la presencia” (Fanon) de la Europa Hiperreal; y mostrar las marcas de colonia que siguen formando parte de las formas de concebir las sociedades contemporáneas (no las supervivencias al estilo funcionalista sino las marcas como signos abiertos, disponibles a la lectura). Y es claro que ciertas maneras de comprender la relación sujeto-objeto en el conocimiento, así como la dinámica universal-particular, se convirtieron en premisas clave para esta corriente (más allá de sus denominaciones peculiares) en las últimas décadas.
A su vez, una revisión a las formas del determinismo marxista junto con una puesta en jaque a las propuestas estructuralistas y relativistas de los culturalismos en boga, estuvieron en el centro de la disputa de los “cultural studies” (al menos en su génesis británica): así, la crítica a la noción de ideología se emparenta fuertemente con la búsqueda de conceptos menos unidireccionales como la clase para explicar los procesos históricos de significación en sociedades no occidentales que persiguió la crítica poscolonial. Adicionalmente, las revisiones que hacen los exponentes de los estudios culturales a las formulaciones teleológicas sobre la acción reproductora del capital en la dimensión activa de los sujetos, tiene su correlato en las críticas poscoloniales a las nociones más clásicas de estructura, conciencia e historia (sobre todo, en este caso, nos referimos a los Subaltern Studies).
En la propia constitución de los saberes y de aquella separación materia-idea, naturaleza-cultura, historia-mito, no sólo se extrapoló el concepto, sino la disputa por la cultura a los espacios imperiales: la modernidad colonial insertó los propios dilemas europeos sobre la distinción cultural, lo civilizado y el folklore, lo cultivado y lo no cultivado, o sea, el imaginario binario, a los espacios no-europeos: trasladó una imaginación del tiempo y una lógica de la función de la cultura en ese ámbito: en la historia de la guerra y la violencia, en los procesos de invención de la tradición étnica y creaciones homogeneizantes de la nación, la cultura era un concepto fácilmente extrapolable para mostrar a los otros, ubicarlos, y transportar en ellos la propia inestabilidad de la idea misma del imperio: “civilizarlos”. Aquí se inserta el otro problema al que los estudios poscoloniales darán privilegio: la temporalidad. Los estudios culturales británicos retomaron una dimensión histórica de la cultura pero rara vez reflexionaron sobre ella. No se trata simplemente de hacer estudios sobre las culturas del pasado como formas simbólicas de la experiencia, sino reflexionar sobre un posicionamiento ante el tiempo y ante las imaginaciones del tiempo sobre la cultura. La jerarquía en la diferencia comienza con el tiempo: los indios de Chiapas en México, los satnamis de India o los yanomami del Amazonas entran en el “paneo cultural”, el “mosaico” de la nación que celebra la diversidad de grupos bajo una doble aporia: no sólo la que ya todos conocemos, el enfrentamiento de una cultura nacional con subculturas, algo que los estudios culturales una y otra vez señalan en Inglaterra, sino la de una jerarquía temporal, lo que Johannes Fabian llamó “la negación de la coetaneidad” en la imaginación antropológica (the denial of coevalness). Habitan un espacio geográfico imaginado como “compartido”, pero en la misma imaginación, la frontera es temporal: viven en otro tiempo. Una frontera una y otra vez exhibida por las propias políticas de identidad: la celebración de la tradición, la exposición museística, el nuevo turismo cultural, todas estas son formas de ese espectáculo que intenta marcar la tensión entre la universalidad como horizonte, y la diferencia como práctica. Tensión en la más genuina de sus acepciones, porque los grupos subordinados se apropian de ese uso y en ocasiones hacen de esos signos una cadena contestataria de sentido.
A partir de algunas lecturas clásicas –y otras no tanto— esta ponencia busca un cruce posible de estas dos tradiciones para confrontar sus preocupaciones tangenciales, sus divergencias y sus apuestas teórico-políticas, en torno a problemáticas como: el “compromiso” con la teoría (y qué significa pensar teóricamente), la ruptura colonial en la invención del Otro –en sus disputas con la otredad metafísica—, los problemas básicos de la determinación/sobredeterminación/articulación, y el dilema de las ausencias (como prácticas de silenciamiento, obliteración, conquista y pacificación del [y de lo] otro).