Esta ponencia aborda algunas líneas de análisis para los movimientos sexo-desobedientes: la protesta sexual, la cuestión de la reontológización postsubjetiva del sujeto y una comprensión del antagonismo político. Desarrollamos tres líneas de análisis a) la categoría de protesta sexual, producto de un esfuerzo por re-leer la teoría sociológica de los movimientos sociales desde una crítica feminista, trans y descolonial, b) la cuestión de la identidad colectiva de los movimientos,defendiendo una comprensión performativa de los procesos de re-esencialización de sus sujetos políticos y c) un análisis de lo político en el sentido antagónico defendido por Mouffe (2011) que nos permitirá indagar la continua elaboración de normas sociosexuales que caracterizan a los movimientos de resistencia sexual. Para dar cuenta de aquello consideraremos dos protestas desarrolladas en Argentina: el reconocimiento del “matrimonio igualitario” y la liberación del aborto.
Quiero poner el foco en una particular expresión de la protesta social, la protesta sexual. Mi transposición de protesta social a protesta sexual persigue varios objetivos. En primer lugar, por obvio, no se trata de negar u oponer lo social a lo sexual. Con esto, tomo distancia de los análisis queer del psicoanálisis que han insistido en su carácter anti-social anti-político de lo sexual. Me interesa dar cuenta de una arena política puesta en juego por la protesta, entendida como una particular modalidad de acción colectiva, que le otorga singularidad dentro de una matriz. Estoy con Schuster cuando sugiere que las protestas sociales se desarrollan en diferentes matrices y creo que una matriz sexual de la protesta es la que converge a los movimientos sexo-desobientes autodenominados feministas, LGBT, trans-feministas por mencionar lo mínimo. La protesta sexual puede ser comprendida como la vehiculización de un conjunto de demandas mediantes las que florece la insurgencia, la revuelta, los movimientos sociales.
Toda protesta social, tácita o expresamente, ha articulado sus propios sentidos de la diferencia sexual, vehiculizado organizaciones jerárquicas, auspiciando la heterosexualidad reproductiva, purgando a sus maricas y lesbianas, etc. Pero es la protesta sexual, cuando toma la forma de movimientos, que ha reelaborado esta cuestión decididamente hacia otro-lugar, una dirección comprometida hacia sentidos radicales de igualdad y libertad. Radicales no por que garanticen un fin transformátivo en sí-mismo, sino porque persiguen quebrar un ordenamiento hegemónico. La “desobediencia” de los movimientos sexo-desobedientes radica en un desplazamiento crítico, la invocación de un sujeto colectivo que se reconoce en la diferencia sexual para después negarla, renegociarla, hacer de ésta algo diferente. Joan Scott (2010) interpretó esta torsión en términos de una expresión paradojal del feminismo, pero su análisis permanece atado a una comprensión moderna-republicana del mismo. La paradoja radica no sólo para aquellas feministas que niegan la producción hetero-patriarcal de la diferencia sexual y lo hacen posicionándose como mujeres. Lo es también para las políticas sexuales de lesbianas, trans, maricas y un amplio etcétera coalicional. Esta cuestión abre un terreno de comprensión excéntrica del feminismo y su sujeto político.
Sydney Tarrow propuso el estudio de los movimientos sociales a partir de la Estructura de Oportunidades Políticas (EOP). Este concepto presta especial importancia al cuándo un movimiento adquiere potencial transformativo para efectivizar un conjunto de demandas o una demanda específica. La EOP involucra las dimensiones consistentes del entorno político que fomentan o desincentivan la acción colectiva entre las gentes. Presta atención a los recursos externos al movimiento que reducen sus costos, descubren aliados potenciales y muestra a qué son vulnerables las autoridades. Entre los recursos exteriores de la EOP, Tarrow subraya la posibilidad de acceder a élites gubernamentales, disponibilidad de aliados influyentes y la conexión con el tiempo mundial, es decir, la coyuntura internacional favorable. El vínculo con la élite de gobierno durante el kirchnerismo fue relevante durante la protesta activada por el reconocimiento del matrimonio igualitario. Y fue esto mismo lo que obsturó el tratamiento parlamentario de la despenalización del aborto, asunto que encontró un giro en 2018 en un escenario local e internacional diferente. Local, por lo que entiendo como la apertura de un nuevo ciclo de protesta, el Ni Una Menos de 2015, que en su segundo año incorporó la cuestión del aborto entre sus demandas. Internacional, referida a paros globales de mujeres y a campañas internacionales del norte global como el “me too”. La EOP supone también la generación de oportunidades que ofrecen incentivos para la acción colectiva que proponen los movimientos. El concepto de EOP nos ayuda a comprender por qué los movimientos sociales adquieren en ocasiones una sorprendente capacidad de presión contra las elites o autoridades y luego la pierden rápidamente a pesar de todos sus esfuerzos.
Los feminismos, los movimientos por la diversidad sexual y de disidencia sexual han tendido a ser comprendidos y estudiados de modo separado, tanto por sus agentes históricamente situados como por varios análisis académicos. No se trata de un equívoco, al menos no en términos generales, ya que muchos de estos movimientos así se percibieron. Sin embargo, tanto en sus coaliciones como sus fragmentaciones, es posible sostener que comparten un “marco cognitivo” (Mc Adams, 2007) . Dicho marco cognitivo, que podemos describir como cierto aires de familia conceptuales-políticos, es rastreable en los usos de la categoría género, la transposición de femicidio a lesbicidio-transfemicidio-travesticidio tal como ha sido recientemente problematizada en Argentina y en la construcción de una “ellos” opositor. Es en esta disyuntiva que una categoría de análisis, como la de protesta sexual me parece un buen punto para combatir las operaciones de esencialización de la diferencia sexual y prestar atención a las múltiples y cambiantes rearticulaciones del sujeto colectivo. Aquí nos volcamos hacia una comprensión post-esencialista del sujeto, el cual no preexiste a su agencia, asunto que con Sabsay(2011) podríamos denominar como el de sucesivas “reontologízaciones” por parte de los movimientos. Esto nos ayuda a comprender la mutación de la “comunidad de homosexuales”, característica de los años ochenta y mediados de los noventa, en “comunidad LGBT” y sus sucesivos acrónimos que fue contundente en la operación mimética de presentación pública durante la coyuntura del “matrimonio igualitario” en 2010. Y también la la reciente reactivación de la protesta por la despenalización del aborto, protesta ya no articulada sólo a través de mujeres sino de “mujeres, lesbianas, travestis y trans”, asunto que tomó forma en el propio texto legislativo que establece el derecho al aborto para mujeres y personas gestantes.