Muchos intelectuales, a lo largo de la historia estadounidense, participaron de los debates en torno a la “esencia” de la nación americana e intentaron definir quiénes cumplían con los requisitos exigidos para ser parte de ella. Uno de ellos fue el famoso historiador y politólogo estadounidense Samuel Phillips Huntington (1927-2008), quien escribió y publicó en el año de 2004 un libro intitulado Who are we? The Challenges to America´s National Identity. En este, el autor sostiene que la columna vertebral de la identidad nacional estadounidense se remonta a los valores políticos, culturales y religiosos fundados por los llamados “Pobladores Británicos” (British Settlers), los cuales “ocuparon” el norte del continente americano en los siglos XVII y XVIII y crearon las famosas 13 colonias inglesas que darían origen a los Estados Unidos de América en la segunda mitad del siglo XVIII (Huntington, 2004).
Fueron varios los modelos de identidad nacional que intentaron definir y dotar a la nación americana de una estructura sólida, congruente y homogénea. Algunos modelos se aferraron a ideas de raza, cultura y etnicidad (American identity as Historically Ethnocultural), mientras otros ponían énfasis en principios políticos (American identity as a set of principles), o en aspectos comunitarios (American identity as Community) y patrióticos (American Identity as Patriotism). Eso no quiere decir que estos diferentes modelos sean mutuamente excluyentes y que no puedan hacer mezclas y diferentes combinaciones entre sí (Theiss-Morse, 2009).
Sin embargo, el modelo que ha ganado predominancia política y teórica a finales del siglo XX y principios del XXI, y que tiene en Samuel Huntington uno de sus principales portavoces, ha sido el que identifica a la nación americana como un conjunto de prácticas y principios políticos – American identity as a set of principles. Tal concepción está basada en la idea de que los Estados Unidos forman una comunidad cívica, política y nacional excepcional y sui generis, distinta a las formaciones nacionales de otros países y caracterizada por los valores que constituyen el llamado credo americano – American Creed (Theiss-Morse, 2009). La línea argumentativa de ese paradigma conceptual se apoya ideológicamente en un nacionalismo radical y nostálgico que se aferra a una idea de mito y origen nacional anglosajón, cerrándose a las posibilidades de cambio presentadas en el tiempo presente. De este modo, los endiosados y glorificados “padres fundadores” – The Founding Fathers – de la patria americana – Thomas Jefferson, John Adams, Benjamín Franklin, George Washington, entre otros – son constantemente invocados como aquellos que definen y tienen la palabra final sobre lo que sería el meollo de la identidad nacional en este país (Theiss-Morse, 2009).
La gran preocupación de Huntington se debe al hecho de que el nuevo flujo inmigratorio hacia los EEUU, desde finales del siglo XX al inicio del XXI, ya no proviene de nacionalidades del hemisferio Occidental sino de civilizaciones consideradas ajenas y antagónicas a los patrones culturales y religiosos de dicho hemisferio (Mignolo, 2016). De esta manera, Huntington (2004) pasa a ver la nueva ola de inmigración Latinoamericana hacia los EUA, especialmente aquella de estirpe mexicana, como una gran amenaza que pone en riesgo la cohesión histórica y cultural de su país. Como dice el mismo autor (2004:16): “(…) continuing flood of Mexicans will split the U.S.A. into two languages: Spanish and English, and between two cultures: Hispanic and Anglo-Protestant”.
La discusión del Who are we? gira alrededor del gran miedo americano de que, en el futuro, el linaje civilizatorio fundado por los “pobladores británicos” deje de ser el paradigma cultural predominante que define el eje identitario nacional. De este modo, Huntington defiende una concepción de nación que reclama una herencia blanca, patriarcal, anglosajona, protestante, británica y nórdica-europea (lo que en inglés pasó a llamarse WASP: White Anglo-Saxon Protestant). En ese sentido, la mayoría de los grupos “étnicos-minoritarios” en los Estados Unidos, sobre todo los(as) chicanos(as) y mexicanos(as), el mayor grupo “étnico-minoritario” en los EEUU, son representados como grupos “outsiders” y extranjeros a la nación, los cuales ponen en peligro la unidad de la patria y no gozan de legitimidad histórica y cultural para formar parte del credo americano (Huntington, 2004).
Sin embargo, entendemos que la crítica forjada por algunos(as) intelectuales chicanos(as) – John R. Chávez, Emma Pérez, Rodolfo Acuña, José David Saldívar, Sonia Saldívar-Hull, Vicki Lynn Ruiz, Gloria Anzaldúa, AnaLouise Keating, Cherríe Moraga, entre otros(as) – desestabiliza el orden espacio-temporal hegemónico y expone otros sentidos de identidad, territorio y temporalidad. Las comunidades chicanas del sudoeste americano, sobre todo a partir de la teoría queer y la crítica feminista llevada a cabo por Gloria Anzaldúa (1987), ha hecho un esfuerzo intelectual considerable en el sentido de entender que la creación del “americano legítimo” funciona bajo contraste con la construcción despectiva de su Otro, el no americano: el(la) chicano(a)/mexicano(a). En ese sentido, la noción de un supuesto Yo Americano, o lo que David Hollinger (1995) llamó de “the circle of we”, sólo cobra sentido cuando entra en contacto con la construcción binaria y colonial de su opuesto, su alteridad, eso es, la figura del “alien”, del “extranjero”, del “invasor”, figuras que pasan a ser asociadas, casi automáticamente, a aquellos grupos que en algún momento de su historia generacional estuvieron vinculados con la migración mexicana hacia los Estados Unidos (Chávez, 1984; Anzaldúa, 1987; Keating, 2005).
Por lo tanto, aunque Huntington defienda un modelo de nación Liberal que no esté basado en características étnicas y raciales, refutando las teorías nacionales en torno al modelo del Ethnoculturalism, creemos que, por detrás de su presumida neutralidad científica, se produce un discurso nacional racializado/racializante que asocia la cultura anglosajona con la blanquitud de estirpe nórdica-europea. Nos parece interesante notar que el proceso de asimilación anglosajón reivindicado por Huntington funciona sólo y cuando se trata de nacionalidades racialmente cercanas al prototipo racial dado por los descendientes nórdico-europeos. En ese sentido, cabe lanzar aquí la siguiente indagación: ¿Por qué los grupos provenientes de nacionalidades no europeas no han podido asimilarse al credo americano?
Entendemos aquí que, al ignorar el factor raza en la construcción de la identidad nacional estadounidense, se reafirma y se legitima el statu quo de segregación étnico/racial predominante en el país y no se reconoce al racismo como una realidad vigente y estructurante de la sociedad americana. La categoría raza, como constructo social, pasa a ser una muralla cultural insuperable (Fanon, 2008; Segato, 2007) que vuelve imposible la “incorporación plena” de las comunidades chicanas/méxico-americanas al ideal del “Mainstream Americano” (Edward Telles, 2006). De esta manera, la exigida clase de asimilación que reclama Huntington (2004), colocada como prerrequisito esencial para acceder al meollo de la identidad nacional, no podrá nunca consolidarse entre los grupos méxico-americanos/chicanos, a la vista de que sus identidades raciales no son compatibles con los parámetros de blanquitud estipulados por las prerrogativas identitarias de raza dominantes en el país.
De este modo, hay que entender lo que Theiss-Morse (2009:42) llamó de “Ethnocultural view of citizenship”: una concepción de ciudadanía racializada que coloca la cuestión de la raza y de la etnia como un criterio central en el reconocimiento de los miembros que “legítimamente” gozan de los derechos y beneficios otorgados por el Estado. Así, es necesario racializar al Otro, en nuestro caso el(la) chicano(a)/mexicano(a), para diferenciarlo de lo americano “auténtico” y edificar marcadores sociales visibles que lo expurguen de la nación. De la misma manera, es imprescindible asociar el cuerpo racializado del(la) chicano(a)/mexicano(a) a la imagen del inmigrante y del extranjero, a final de cuentas, no importa la generación y la cantidad de tiempo que el “mexican-american” tiene viviendo en los EEUU, las marcas raciales expuestas por su cuerpo son suficientes para reconocerlo como un “outsider”.
Entendemos también que el gran miedo de Huntington relacionado con las comunidades chicanas/mexicanas se debe a los altos índices de crecimiento de dicha población en el sudoeste de Estados Unidos y en una posible transformación demográfica de la sociedad estadounidense en la cual los blancos pasen a ser una minoría. Tal preocupación revela exactamente el cierne del proyecto político de Donald John Trump: el miedo de que los Estados Unidos dejen de ser una nación mayoritariamente blanca y que el país se transforme en un gran aglomerado de diferentes grupos étnicos y raciales.
En ese sentido, creemos que la amplia comunidad de apoyo y soporte que hizo posible la elección de la nueva figura presidencial en los Estados Unidos representa el triunfo de las ideas de Huntington, así como la fuerza intelectual y política de sus ideas, acerca de las maneras de imaginar y significar la nación en este país (Anderson, 2008). De esta manera, la concepción Liberal de nación defendida por Huntington, la cual supuestamente está abierta a que cualquier grupo étnico/racial pueda asimilarse al patrón anglosajón, revela cómo la idea de identidad nacional en torno al llamado Ethnoculturalism (Theiss-Morse, 2009), la cual está estrechamente vinculada al fenómeno racista del nativismo americano, reaparece como el telón de fondo que explica y da sentido al proyecto de nación hegemónico que se presenta actualmente en este país.