Identidad, género y frontera son los tres “territorios de conflicto” entre los cuales transita y en cuya intersección habita el presente texto. Hablo de ellos como “territorios de conflicto” porque se tratan de conceptos antropológicos heterogéneos y atravesados por desacuerdos de envergadura. La pretensión de ofrecer una síntesis totalizante de estas discusiones constituiría un ejercicio quijotesco del que me resguardaré por ahora. Mi pluma apunta, en las páginas venideras, a un recorte específico: recupera tres giros en torno a estas categorías que devienen de la antropología crítica sudamericana. Pero esta recuperación camina por una vereda específica, etnográficamente motivada. La intención de mis reflexiones es encontrarle respuestas a un interrogante que viene interpelando mi experiencia antropológica en los últimos siete años: ¿Cómo entender la violencia de género vivida por mujeres transfronterizas?
Así, una de las razones por las cuales elijo estos tres giros críticos –y no otros– se refiere a que, pese a sus distinciones , estos debates coinciden en su insubordinación frente la universalización de ciertas conceptualizaciones, planteando la necesidad de situar histórica y políticamente las categorías en los contextos y de hacerlo a partir de una delicada perspectiva antropológica: de “una escucha etnográfica demorada y sensible” (Segato, 2010:14). Coincido con Segato (2010:15) en su argumento de que ciertos procesos y estructuraciones de desigualdad de poder y de violencia son sencillamente inaprensibles a través de una “observación simple, de corte puramente etnográfico” o malinowskiano clásico, si se quiere.
La etnografía clásica, articulada alrededor de la observación participante malinowskiana, hegemonizó una comprensión isomórfica de las nociones de espacio, comunidad y cultura, naturalizando la existencia de fronteras que supuestamente enmarcarían a cada grupo social en un área cultural específica (Gupta & Ferguson, 1992). Esta conceptualización replegó las categorías políticas de las fronteras nacionales en la teorización antropológica de la cultura (Clifford, 1997). Siguiendo esta lógica, antropólogos europeos y norteamericanos (mayormente hombres y blancos) demarcaron, entre mediados del siglo XIX y fines del siglo XX, a su objeto de estudio como los grupos sociales diversos (y distantes geográficamente) de aquellos a los que ellos mismos pertenecían. Dicha noción de diferencia derivó, conceptualmente, en la reificación del concepto de cultura (de unos y de otros) y, discursivamente, en una retórica objetivista. Además, entendiendo a los grupos sociales como una unidad reducida y compacta, la etnografía clásica eludió preguntar sobre la relación de co-construcción (¿poeisis?) entre las personas y esa unidad social .
Segato apunta a las insuficiencias de esta mirada clásica en la comprensión de las relaciones de género, pero su reflexión puede ser distendida sin perjuicio de sus asertivas a la identidad y a la frontera. Estas tres categorías aluden, dialécticamente, a las formas, prácticas y experiencias que “posicionan” o “configuran” relaciones jerárquicamente dispuestas, y a la profundidad de unos campos simbólicos cristalizados, cuya estructuración remite a las largas trayectorias e itinerarios de nuestra historia en cuanto “humanidad” (Segato, 2010:15).
Es desde esta bisagra que construyo, en el segundo apartado, mi “dialéctica entre distintos” (Gramsci, 1984:19). Partiré del debate de Cardoso de Oliveira sobre identidades, prosiguiendo con las discusiones de Grimson sobre fronteras e identificaciones y aportando a Segato, en sus argumentos sobre las estructuras elementales de la violencia de género. En el tercer apartado, deslindaré datos derivados de mi trabajo de campo en la frontera chileno-peruana: situaré el contexto y métodos de la etnografía y presentaré una breve visión panorámica sobre las violencias de diversos tipos que las peruanas transfronterizas enfrentan. Además, enraizaré estas informaciones en la trayectoria vital de Rafaela, cuyas (des)venturas condensan el entroncamiento entre patriarcado, fricciones interétnicas y violencia de género en territorios fronterizos. En el apartado final, tensiono el debate teórico –los tres giros conceptuales analizados en la segunda sección del texto– con los datos empíricos. La finalidad es establecer los puntos analíticos que sedimentan un cuarto giro: uno que se construye desde el habitar la interseccionalidad.