Este trabajo propone una aproximación a la reconfiguración de los antiguos territorios otomanos, enfocando en la gestión estatal/colonial de las migraciones. Como punto de partida, propongo el uso de conceptos de Milton Santos; Santos aborda la relación entre espacio y tiempo, entendiéndolos como entidades indivisibles, con una coherencia simultanea – un espaciotiempo –, con la acción humana en el centro del análisis[1]. Así como espacio y tiempo están enredados, también lo están el Territorio y la Historia; ambos pasan por procesos constantes de creación y re-creación, adecuando el territorio a una dada narrativa histórica (y vice-versa) de manera a construir tal narrativa como realidad espacial.
Un ejemplo ilustrativo es la ciudad de Salónica. Su incorporación al estado-nación Griego conllevó procesos complejos de sustitución del ordenamiento urbano anterior, basado en la distribución espacial de distintos grupos étnico-religiosos, por un ordenamiento urbano anclado en la desigualdad de clases sociales, acompañado por un esfuerzo para borrar las influencias Musulmanas y Judías en la ciudad[2,3]. Simultáneamente, la llegada masiva de refugiados ‘griegos’ provenientes de Anatolia, y la expulsión de los ‘turcos’ de Salónica, contribuyó a homogeneizar una población antes multi-étnica y multi-religiosa[4].
Según el planteamiento de Santos, las técnicas, entendidas como manifestaciones de la actividad humana, constituyen una materialización del espaciotiempo[1]. Es la aplicación de un conjunto de técnicas de arquitectura, estética y gobierno, entre otras, que convierte en realidad la creación de Salónica como un espaciotiempo ‘Europeo’, enredando la (re)construcción del territorio y de la narrativa histórica como parte del estado-nación griego. El esfuerzo selectivo de recordar y olvidar, a la hora de escribir la narrativa histórica del estado-nación Griego es, así, un esfuerzo de re-ubicación del territorio en ‘Europa’. Tales procesos de reconfiguración espacio-temporal se encuentran, de distintas maneras, a lo largo de los antiguos territorios otomanos. A medida que se crean nuevas fronteras estatales/nacionales, se reordenan los territorios, las narrativas históricas, las relaciones étnico-religiosas, el conjunto de técnicas; enredando los antiguos territorios otomanos en el sistema-mundo y su lógica.
El caso griego es particularmente interesante, dado que la moderna narrativa de ‘qué’ es Grecia está relacionada a una larga narrativa de ‘qué’ es Europa; los dos constructos se utilizan de interpretaciones por veces conflictivas, por veces coincidentes de la Antigüedad Clásica Helénica como su mito fundacional. Así, la independencia Griega se convierte en el primer movimiento nacionalista a recibir intervención de las potencias europeas. El proceso de construcción del estado-nación griego está acompañado por una tensión subyacente entre ideas opuestas de “Occidente” y “Oriente”[5] como construcciones fijas, estables, antagónicas, en fuerte contraste con la fluidez que caracterizara el territorio durante siglos. Es un proceso de sustitución de esa fluidez por una “Grecia” que había de ser igualmente fija, estable, homogénea – y antagónica al “Oriente” – por medio de una re-escritura de la historia que activa e intencionalmente selecciona qué recordar y qué olvidar[6]; construye una alineación incuestionable con “Occidente”, minimizando u ocultando las influencias de civilizaciones Africanas y Asiáticas en el Helenismo[5] o influencias no-Europeas en el espacio físico[3], en paralelo con la intervención estatal a larga escala para promover la homogeneización poblacional.
Las partes Asiática y Africana del imperio pasarían por procesos distintos, también marcados por la intervención de las potencias europeas. Si, desde el siglo XIX, los imperios Británico y Francés habían estimulado la disidencia interna a lo largo del territorio otomano[7], tras la derrota y disolución del Imperio la lógica de reconfiguración territorial se materializaría en el patrocinio de estados-nación independientes en el territorio Europeo y el reparto de los territorios Asiáticos y Africanos en colonias que corresponden aproximadamente a los actuales Egipto, Israel y territorios Palestinos ocupados, Jordania, Líbano, Siria, Iraq, y parte de Yemen[7,8]. Turquía se establecería como estado-nación tras ganar la ‘Guerra de Independencia Turca’ contra las potencias europeas y sus proxis mediterráneas.
Se ha argumentado que las principales fuerzas que empujan tanto los movimientos de ‘refugiados’ en Medio Oriente como sus rutas son el modelo de estado-nación y el intervencionismo occidental, en un continuum entre el colonialismo Europeo del siglo XX y el imperialismo que se sigue[8]. Sin embargo, la conexión entre migraciones masivas y reconfiguración espaciotemporal está presente a lo largo de esos territorios. En Grecia, los eventos políticos más importantes que marcan dicha vinculación son los acuerdos de intercambio de poblaciones firmados con Turquía y Bulgaria, que promovieron la homogeneización de la población en el nuevo estado-nación alrededor de la ortodoxia griega. Para estos migrantes, programas estatales se ocuparon de promover acciones de acogida e integración[3,9], que a la vez aseguraron el dominio estatal sobre la región norte de Grecia, disputada principalmente con Bulgaria y Turquía.
En Siria, la colonización francesa se vendría a imponer tras el reparto colonialista de los antiguos territorios del Imperio. Formalmente, la colonización venía justificada por la necesidad de construir un estado-nacional sirio y la ‘incapacidad’ árabe de llevar adelante la tarea, pese a la existencia tanto de una red previa de administración estatal cuanto de un fuerte movimiento nacionalista sirio[7,10] y las dos grandes ciudades de Alepo y Damasco; en suma, condiciones iguales o mejores que las encontradas en Grecia para la independencia. Las primeras décadas de colonización francesa en Siria son marcadas por la llegada de distintos grupos de migrantes, principalmente Armenios y otros grupos cristianos, insurgentes Curdos provenientes de Turquía, y Asirios provenientes de Iraq tras la independencia de este país en 1930[11]. La política colonial francesa de gestión de estas migraciones se enfocó hacia su instrumentalización para reforzar el dominio colonial en la región, favoreciendo a los grupos cristianos, a la vez que evitaba reconocer como refugiados a los Curdos. El asentamiento de refugiados en regiones estratégicas permitió a la administración colonial francesa consolidar fronteras aún en disputa con Turquía e Iraq[11].
Igualmente importante, a lo largo del territorio del antiguo Imperio, proyectos políticos de construcción del estado-nación se han llevado a cabo utilizándose de la violencia genocida. Algunos, como el genocidio armenio, son parte del proceso que llevó a la disolución del Imperio; otros, como el genocidio bosniak, corresponden a reconfiguraciones espaciotemporales muy posteriores. Pero responden a una misma lógica de imponer la homogeneidad poblacional como proyecto político de creación de estados nacionales inspirados por discursos de unidad étnico-religiosa. Se trata, por lo tanto, no apenas de una reivindicación sobre el territorio, sino que de una reivindicación de quiénes pueden pertenecer a la narrativa histórica que atraviesa ese territorio según la lógica del estado-nacional, que, cabe recordar, corresponde a un modelo de organización política específicamente europeo.
En el proceso que lleva a la disolución del Imperio otomano, la influencia de las potencias europeas reconfigura a estos territorios y los ubica en un antagonismo entre “Occidente” y “Oriente”, enredándolos en el sistema-mundo como semi-periferias y periferias. En este contexto, la promoción y gestión estatal/colonial de migraciones masivas jugó un papel esencial. A partir de ahí, propongo que la dimensión y las características de las migraciones en la región son un reflejo de la imposición de una lógica radicalmente nueva de relaciones entre cuerpos, territorios, e historia. Sin embargo, las múltiples prácticas de resistencia relacionadas a las migraciones abren espacio para cuestionar de qué manera las personas se utilizan de la acción política creativa para resignificar la relación que les es impuesta y disputar proyectos políticos alternativos – disputar no solo territorios sino que también un espacio en el futuro.
Bibliografía
1 Santos M. A natureza do espaço: técnica e tempo, razão e emoção. 4. ed., 5. reimpr. São Paulo, SP: Edusp, Ed. da Univ. de São Paulo; 2009.
2 Yerolympos A. Thessaloniki (Salonika) before and after 1917. twentieth century planning versus 20 centuries of urban evolution. Plan Perspect. 1988;3:141–66.
3 Hastaoglou-Martinis V. A mediterranean city in transition: Thessaloniki between the two world wars. Facta Univ. 1997;1.
4 Mazower M. Salonica, city of ghosts: Christians, Muslims and Jews, 1430 - 1950. London: Harper Perennial; 2005.
5 Tsoukalas C. Between ‘East’ and ‘West’, the Meaning of the Mediterranean in Modern Greece, and Possibly Elsewhere as Well. Mediterr Hist Rev. 2002;17:32–46.
6 Liakos A. The Construction of National Time: The Making of the Modern Greek Historical Imagination. Mediterr Hist Rev. 2001;16:27–42.
7 Rogan E. The emergence of the Middle East into the modern state system. In: Fawcett LL, editor. Int Relat Middle East. 4th edition. Oxford, United Kingdom New York, NY, United States of America: Oxford University Press; 2016.
8 Schiocchet L. The middle east and its refugees. In: Binder S, Fartacek G, editors. Facet Von Flucht Aus Dem Nahen Mittleren Osten. Wien: facultas; 2017.
9 Kokkinos D. The Reception of Pontians from the Soviet Union in Greece. J Refug Stud. 1991;4:395–9.
10 Neep D. Occupying Syria under the French mandate: insurgency, space and state formation. Cambridge: Cambridge Univ.Press; 2012.
11 White BT. Refugees and the Definition of Syria, 1920–1939*. Past Present. 2017;235:141–78.