El aumento de la presencia de la población migrante en los servicios de salud ha llevado a una creciente preocupación por el “otro” y por los problemas que acarrean las distancias socio-culturales entre pacientes y proveedores sanitarios. Si bien el sistema de salud viene enfrentándose hace varios siglos con el “problema” de la “cultura”, es recién a partir del fenómeno migratorio que la cultura y la interculturalidad han arribado al discurso biomédico del cual habían sido separados desde fines del siglo XIX a partir del nacimiento de la llamada “medicina moderna” (Mariano, 2008). Las situaciones de choque cultural entre migrantes y servicios sanitarios llevaron a poner en cuestionamiento al modelo médico hegemónico y a su marcado “carácter invisibilizador” del medio, la sociedad y la cultura del enfermo y de la enfermedad, hacia cualquier aspecto intersubjetivo, social y cultural de los sujetos (Caramés García, 2004). Aunque estas problemáticas no son nuevas en las ciencias sociales, fue recién en la década del 90 cuando la literatura sobre migración y salud empezó a acuñar los discursos sobre la interculturalidad y la competencia cultural. La perspectiva intercultural aplicada al campo de la salud ha sido definida como una aproximación cuyo objetivo es reducir las brechas entre el sistema de salud “occidental” y el “tradicional” indígena, sobre la base de respeto mutuo e igual reconocimiento de los sistemas de conocimiento (Torri, 2012: 31). Las distancias culturales o la llamada “barrera cultural” -entendida como las diferencias entre las concepciones y enfoques sobre el cuidado de la salud y la enfermedad entre proveedores y usuarios- ha sido señalada como una de las principales causas del bajo status en salud de las mujeres migrantes, las relaciones de desconfianza entre profesionales y usuarias, la falta de acceso a los sistemas de salud modernos de las migrantes, la baja performance en el cuidado de la salud y la dificultad en el ejercicio de los derechos a la salud en general. (Cerrutti, 2011; Jelín, Grimson y Zamberlin, 2006; Baeza, 2014; Aizenberg, Rodríguez y Carbonetti, 2015; Goldberg, 2014, Aizenberg y Baeza, 2017, entre otros).
La configuración de la “cuestión migratoria” en términos de “diversidad cultural” trajo aparejado la propagación de trabajos interesados en analizar diferentes propuestas basadas en las “diferencias culturales” como eje de abordajes e intervenciones. Desde aquí, un importante número de trabajos elaborados desde la óptica de la “salud intercultural” se han generado desde el supuesto de “superar” viejas formas de incidir sobre las relaciones interétnicas volviéndolas más “respetuosas”, “complementarias” y “armoniosas” (Lorenzetti, 2011). Asimismo, la “interculturalidad” como tópico de intervención ha ido conquistando un espacio preponderante en las políticas sanitarias a la hora de fundamentar los lineamientos de los programas dirigidos a la población migrante e indígena en general pero sobre todo a las mujeres, al considerarse uno de los grupos con mayores desventajas en términos sanitarios y con mayores dificultades para acceder a servicios de salud. De hecho, desde fines de la década de 1990, distintos países latinoamericanos han realizado importantes esfuerzos para llevar a cabo programas de salud interculturales con el objetivo de promover la inclusión y participación de las poblaciones indígenas en el diseño de las políticas así como de garantizar los derechos a la salud de los pueblos indígenas de acuerdo a sus costumbres y tradiciones (Torri, 2012). Desde la academia y al compás de la agenda de investigación internacional, la Argentina viene generado una importante cantidad de estudios interesados en analizar el peso de las diferencias culturales sobre la calidad de la oferta de servicios dirigidos hacia población migrante y el tipo de demanda ejercida por parte de las comunidades. Las investigaciones han señalado que, entre las poblaciones migrantes sudamericanas, las procedentes de Bolivia son las que mayores dificultades comunicativas y culturales presentan en la interacción con los proveedores en tanto aparecen como “el otro” más diferenciado por sus características propias (lenguaje, vestimenta, costumbres) y rasgos fenotípicos determinados y diferentes a la de los/las argentinos/as (Jelin et al., 2006, p.9).
Interesante resulta observar que a pesar de que la “cultura” ha sido identificada como el factor más saliente en la atención sanitaria dirigida hacia la población migrante, el acceso a la salud de las y los bolivianas ha estado atravesado por una multiplicidad de barreras que exceden las diferencias culturales. A partir de la sanción de la nueva Ley de Migraciones 25.871 en el año 2003, la investigación sobre la articulación entre salud y migración dio a conocer la existencia de distintos tipos de brechas entre la letra escrita de la ley y la práctica, señalando que los y las migrantes bolivianos/as viviendo en el país están expuestos a altos índices de vulnerabilidad, malas condiciones de vida y limitado acceso a los servicios sanitarios. Los migrantes procedentes de Bolivia se caracterizan por tener bajos niveles educativos, condiciones laborales precarias y/o insalubres, malas condiciones de vivienda y escaso acceso a los servicios de infraestructura básica, que influyen negativamente en sus niveles de salud y en los de sus familias (Pantelides y Moreno, 2009). En el caso específico de las mujeres, las migrantes están aún más expuestas a enfrentarse con obstáculos para el cuidado de su salud, así como para acceder a los servicios de atención como consecuencia de factores asociados intereseccionalmente a su situación migratoria, su clase social, al género, a su pertenencia étnico-cultural y a la baja calidad de la atención ofrecida por el sistema biomédico (Jelin et al., 2006; Cerrutti, 2011, Aizenberg y Baeza, 2017).
A pesar de que las mujeres migrantes han sido reconocidas como uno de los grupos más vulnerables en términos sanitarios y que la interculturalidad ha sido reconocida como un eje clave para facilitar su acceso a servicios de salud, todavía no se han generado aproximaciones interculturales que incorporen una mirada de género. En el campo de estudio de la interculturalidad se ha señalado críticamente el dominio de los estudios vinculados a los procesos de salud-enfermedad-atención que, centrados en la comunidad, las enfermedades tradicionales y la integración cultural, han sesgado las explicaciones de las causas sociales, culturales o políticas detrás de dichos procesos (Menéndez, 1994). Así, se ha enfatizado sobre la falta de un análisis más amplio respecto a las condiciones socio-políticas, económicas y vinculadas a la organización de los sistemas de salud en el que se desarrollan las relaciones entre personal sanitario y poblaciones y que explican las inequidades en salud de estos últimos así como su bajo nivel de acceso a los servicios (Ramírez Hita, 2006; Menéndez, 2006; Aizenberg y Maure, 2017). Aún cuando estudios críticos a la interculturalidad han señalado la importancia de mirar “más allá de la cultura” para explicar los resultados en salud de las poblaciones migrantes, todavía no se han generado abordajes que logren desarrollar una perspectiva intercultural desde una aproximación que tome en cuenta quiénes son y qué necesidades y dificultades afrontan las mujeres para cuidar su salud en los procesos migratorios. En su gran mayoría, los estudios que han buscado interrelacionar la salud intercultural y el género, han tendido a tomar ambos conceptos como tópicos estancos o bien a generar propuestas de acción con el objetivo de articularlos pero sin que esto esté acompañado por una mirada profunda respecto a cuáles son la multiplicidad de obstáculos que afrontan las mujeres para el cuidado de su salud en sus lugares de destino y/o la forma en que ellas generan estrategias para superarlos. En este trabajo consideramos que es necesario dar cuenta en profundidad cómo las condiciones materiales de vida, especialmente la división del trabajo productivo-reproductivo que realizan las mujeres en los contextos migratorios así como los saberes y prácticas tradicionales resignificadas en dichos contextos dan forma a los procesos de salud y enfermedad y a las maneras en que son transitados. En este contexto, es que el “género” en el marco de la migración y la salud no puede sino entenderse en la interseccionalidad de otros factores de dominación social que atraviesan las prácticas, valoraciones y decisiones de las mujeres. En las migraciones internacionales, las clasificaciones de género, clase social, origen nacional, raza, etnia, la condición migratoria y las políticas sanitarias son sin dudas aspectos que influyen directamente en las experiencias y trayectorias en salud de las mujeres migrantes, la manera en que se accede a servicios sanitarios, así como los obstáculos o facilitadores que atraviesan el cuidado de su salud (Aizenberg y Baeza, 2017).
En primer lugar, dicho proceso invita a pensar sobre una creciente preocupación que se instituye como problema la identificación de la tarea de “administrar la vida” de las mujeres migrantes a través de la gestión del sistema biomédico (Foucault, 2002). La práctica médico-sanitarista ha estado atravesada por “sesgos de género” donde la perpetuación de ópticas deterministas y biologicistas de la realidad de las mujeres suelen permanecer invisibles para los propios profesionales (Esteban, 2006). En este sentido, el dominio biomédico ha estado atravesado por una “ideología de la domesticidad” que ha definido al hogar como el lugar “ideal” de las mujeres. Aunque las representaciones de género han sufrido modificaciones, aquella ideología forma parte del sistema sanitario y se expresa con particular énfasis en los casos donde existen mayores capas de subalternidad como es el caso de las mujeres migrantes bolivianas a partir de la condición de género, étnico-racial, de nacionalidad y de clase socia