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Resumen de ponencia
Independentismo y narrativa populista en Cataluña. ¿El asalto al poder de las clases medias?

*Josep Burgaya Riera



El independentismo ha tomado en los últimos años un gran impulso en Cataluña, hasta el punto de movilizar casi la mitad del voto de esta comunidad en las últimas convocatorias electorales, condicionando la agenda y la dinámica política española, además de cuestionar y poner en crisis la reforma política que se concretó en la Constitución de 1978. A pesar de no constituir una mayoría política, el discurso independentista así como su capacidad de elaborar un relato atractivo en una situación de crisis, se ha tornado absolutamente hegemónico en Cataluña, ocupando casi en exclusiva el espacio de comunicación. Si su capacidad movilizadora es notable, más lo ha sido el elaborar elementos de creación de identidad, e ideas-fuerza sobre las que mantener un largo proceso de movilización política –El Procés- que se ha sostenido con el recurso a una parte significativa del instrumental populista, adaptado en este caso para la cohesión de clases medias y relativamente acomodadas en una batalla de acceso al poder en Cataluña, frente a los sectores dominantes tradicionales engarzados y vinculados al mainstream económico, social y político español.
Al analizar la conformación del discurso independentista a partir de 2010, profundizado y radicalizado a partir de 2015, nos encontramos un paralelismo notable con la construcción de los imaginarios populistas: un relato cerrado, la visualización de horizontes de progreso y emancipación, el uso sesgado de la historia y la construcción de mitos, la identificación amigo-enemigo, el poder cohesionador del victimismo, la construcción de una realidad imaginaria, la creación de conceptos y lenguaje propio, uso movilizador de las redes sociales, el recurso a la posverdad, identidad supremacista, pulsiones totalitarias… La metáfora del peronismo, no resulta nada alejada de la realidad. El discurso y el relato político elaborado por el movimiento independentista acaba por resultar una variante -¿un substitutivo?- con elementos del populismo de izquierdas iberoamericano, pero también del populismo identitario europeo de derechas.
Contrariamente a su propio relato, que les presenta como una nueva y original conexión entre gobernantes y gobernados, el populismo independentista significa una importante amenaza para no solamente las instituciones españolas, sino para las instituciones europeas las cuales descansan sobre la estabilidad y la aceptación tácita y explícita de las fronteras de los estados europeos constituidos después de la Segunda Guerra Mundial y con los ajustes producidos en Europa del Este con la disolución del Pacto de Varsovia.
La “fatiga civil” de la democracia, el creciente divorcio entre gobernantes y gobernados, la incapacidad de hacer frente a la crisis económica más allá de las recetas neoliberales imperantes en Europa, lleva a los diversos proyectos nacionalistas a aumentar el pulso con el Estado, responsabilizándolo de la situación y poniendo en un primer plano los déficits del estado autonómico, la frustración identitaria y los agravios en el terreno de la financiación, para construir un imaginario de imposibilidad de encaje de Catalunya en España.
La noción de Pueblo como depositario de una cultura, una historia y un alma que le proporcionan una identidad es clave en Herder y en el nacionalismo, pero también en todos los movimientos populistas. Una comunidad de personas que se identifican y reconocen entre sí, pero sobre todo de unos valores que de manera original se configuran en un territorio a lo largo de la historia y que acaban por conformar el Volkgeist, un espíritu inmaterial e inmutable. Frente a los hombres libres que conforman una Sociedad en la conceptualización ilustrada y luego políticamente liberal, el romanticismo herderiano le contrapone un Pueblo depositario de una Cultura que antes que Estado es Nación. Justamente, algunos analistas han destacado un escaso sentido del Poder por parte del nacionalismo, el cual acostumbra al reduccionismo de considerar que toda política es política cultural, estableciendo una clara primacía del Ser ante la más prosaica del Hacer, el predominio de las esencias frente a los hechos, la utopía sentimental frente a la practicidad inherente a un mundo contemporáneo al cual, el nacionalismo romántico parece adecuarse mal, o al menos se resiste a hacerlo.
Quizás el principal aspecto “patológico” del nacionalismo reside en que gestiona emociones mucho más que razones. La consideración de lo político como algo que opera en el ámbito de la sentimentalidad vincula también el nacionalismo romántico de Herder, con muchos de los planteamientos de base populista contemporáneos. Los símbolos, los recursos retóricos o la apelación al corazón entendidos como una parte sustancial del reforzamiento de la noción de Pueblo y de la identidad. Se desdibujan los planteamientos políticos entendidos como proyectos razonables de construcción del futuro, en pro de la gestualidad y la afirmación de la sensibilidad particular, del sentido de grupo. Esto comporta una definición precisa de cuáles son las lindes culturales de la comunidad y establecer un “otro” frente al que identificarse. Se construye Pueblo en la medida que se define un “ellos”, un enemigo del que resguardarse, evitar interferencias culturales y, llegado el caso, combatir. Los antagonistas son las otras identidades con zonas con los que se rivaliza la hegemonía, de disputa en “zonas grises”, pero sobre todo el ideal homogeneizador y cosmopolita de la Modernidad de origen ilustrado, el poder disgregador de las identidades ancestrales más o menos ciertas o imaginadas. El nacionalismo de Herder se constituye como una religión laica –de hecho, acostumbra a ir de la mano de religiones confesionales- que apela a verdades absolutas y a un Dios patrio único. No existe posibilidad de adscripción, sino que se produce un vínculo determinista inexorable, a no ser que se quiera caer en la denostada categoría condenatoria del antipatriota –maketos o botiflers en la terminología de algunos nacionalismos ibéricos-, no hay apenas espacio para la libertad de “creencia”, ni tan solo para la tolerancia en una cultura política que fácilmente deviene “sagrada”. La actitud de superioridad moral acompaña casi siempre al nacionalismo, porque la militancia en él no tiene que ver con una opción específica sino con algo imperativo a la toma de conciencia nacional y de los peligros disgregadores a que esta identidad se enfrenta. No se elige, se forma parte. Esto requiere entrega y arrojo, para adornarse con la distinción del “patriota”.




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* Burgaya Riera
Josep Burgaya Riera Uvic-UCC. Vic (Barcelona), España