La visón positiva sobre rol de la ciencia y de la técnica en la modernidad está tan arraigada entre nosotros que tan pronto se anuncian nuevas descubiertas que pueden revolucionar las formas como producimos, intercambiamos y nos comunicamos, somos torpedeados por un centenar de análisis cuyo punto de partida es la pregunta: ¿“cómo aprovechar las potencialidades y disminuir los riesgos inherentes a los avances de la técnica moderna?”.
En la segunda década de este siglo, el debate sobre la C&T ganó nueva visibilidad mundial con la emergencia de los conceptos de cuarta revolución industrial y de industria 4.0. En líneas generales, la cuarta revolución industrial se caracteriza por un conjunto de nuevas tecnologías capaces de articular, en tiempo real y de forma automática, una cantidad incalculable de informaciones producidas por personas y aparatos (computadoras, máquinas, robots, medios de transporte, cámaras, sensores etc.). Estamos frente a nuevos circuitos integrados, sensores nuevos y más económicos, nuevos softwares de amplia capacidad de procesamiento de la información, la Inteligencia Artificial– ya de uso corriente–, la computación de Big Data, la posibilidad de la computación cuántica, y una capacidad inédita de manipulación y transformación de seres vivos.
Desde nuestro punto de vista, la interpretación de las nuevas tecnologías como el producto de un desarrollo científico neutral y unilateral, oculta intereses muy concretos que mueven la investigación, el desarrollo y la producción de la ciencia y de la tecnología. Es decir, estamos hablando de una ciencia y una técnica esencialmente capitalistas, subsumidas realmente – en cuanto a su forma y contenido – a la reproducción ampliada del capital, la cual es coordinada a partir de los países imperialistas, en el centro del sistema.
La preocupación por traer a la luz afirmaciones que parecen obvias tiene su motivo: desmontar las falsas esperanzas de los que ven en la cuarta revolución industrial una “ventana de oportunidad” para la inserción más ventajosa de América Latina dentro del capitalismo global. Se parte del supuesto de que aquí, en las condiciones de un capitalismo periférico y dependiente, es posible un proyecto soberano de desarrollo científico y tecnológico, bastando para tal la voluntad política y una correlación de fuerzas favorable. ¿Pero, y si no? ¿Y si el lugar que esta región del planeta ocupa en el capitalismo contemporáneo no demanda un desarrollo propio en ciencia y tecnología?
El punto de partida para cualquier discusión en torno a la C&T es reconocer la existencia de una organización mundial del trabajo científico y tecnológico que concentra en los países centrales las etapas estratégicas, de vanguardia, de la producción del conocimiento y de las tecnologías, mientras las regiones subdesarrolladas o dependientes ocupan el lugar de consumidores de tecnología importada o productores de etapas secundarias. Además, es importante destacar que los liderazgos de aquellos países se construyeron con la participación decisiva de sus Estados nacionales.
La enorme concentración de la C&T y de sus frutos configura un panorama, en el presente, de la tendencia del capitalismo central en constituir y reactualizar periódicamente la división internacional del trabajo (DIT) a su favor. La razón del control de la tecnología de punta por los países centrales y sus empresas es clara: tales sectores son los nudos estratégicos del capitalismo mundial y su dominio garantiza no solamente la imposición del contenido técnico a los demás sectores de la producción, sino que les da la prerrogativa de la apropiación de ganancias extraordinarias. Esta necesidad de control de la producción estratégica se vuelve una exigencia en los períodos de crisis mundiales, como la que vivimos actualmente. En el contexto de una larga depresión de la economía capitalista mundial, esta disputa está marcada por una necesidad impostergable de recuperación de la tasa de ganancia en los países imperialistas. En este sentido, además de las formas directas e indirectas de transferencia de valor de los países periféricos hacia el centro del sistema y del acaparamiento de los recursos naturales globales, lo que está en juego en la cuarta revolución industrial, es la redefinición de la geografía y de las modalidades de la hegemonía económica mundial, alrededor de los nuevos sectores estratégicos de la nano y biotecnología, de la Inteligencia Artificial, de la computación cuántica, de los materiales superconductores etc.
El llamado al “catching up” (despegue) tecnológico de América Latina es una constante entre organismos oficiales como la CEPAL y en gran parte de la literatura sobre innovación. Fue este discurso el que articuló las políticas científicas de los gobiernos latinoamericanos en las últimas décadas; y, a pesar de las subvenciones al empresariado, no ocurrió nada cercano a un cambio de posición de la región en la jerarquía mundial de la ciencia y la tecnología. Al contrario, lo que se observó fue una especialización regresiva en las economías de la región. Brasil, el país que más invirtió en C&T en las últimas décadas, observó el desmonte de su parque industrial, el aumento de la importación de bienes de consumo y de bienes de capital (máquinas y equipos), y el aumento en el pago de royalties y servicios técnicos debido a la utilización de tecnología extranjera. Y todo eso a pesar del aumento del presupuesto en C&T. Por estas razones, es lícito afirmar que en las dos décadas del siglo XX América Latina observó una profundización de su dependencia tecnológica.
Las explicaciones para el rezago latinoamericano en C&T hay que buscarlas en el funcionamiento del capitalismo dependiente latinoamericano y en sus transformaciones de las últimas décadas. Desde las décadas de 70 y 80 del siglo XX, con la crisis de los proyectos industrializadores en la región, el capitalismo latinoamericano pasó por importantes cambios. La crisis de los años 80’ no sólo enterró el proceso de industrialización y abrió las puertas al neoliberalismo, como también reconfiguró la subordinación de las burguesías latinoamericanas a las imposiciones de las potencias imperialistas. Esta reorganización de la reproducción del capital a nivel mundial reactualizó la vieja oposición entre países centrales productores de bienes industriales y países dependientes productores de materias primas y alimentos, pero también introdujo la segmentación de la producción industrial a través de las cadenas globales de valor, cuya lógica, reconocida por los especialistas en el tema, es la concentración de las etapas estratégicas de la producción en los países centrales y el desplazamiento de los segmentos no estratégicos y, en general, intensivos en mano de obra, a los países dependientes.
Justamente en el momento de crisis y de incapacidad de profundizar su industrialización, el continente latinoamericano es llamado a reordenar su participación en la división internacional de trabajo. En este contexto, la crisis latinoamericana puso a la burguesía interna en una encrucijada: aceptar un rol aún más subordinado reclamado por las potencias imperialistas en el capitalismo mundial o romper con el imperialismo y proceder a un desarrollo capitalista propio. El camino elegido fue la aceptación de las imposiciones y el abandono del proyecto industrializador latinoamericano.
Con la connivencia de las clases dominantes latinoamericanas, la restructuración del capitalismo central a partir de los ‘80, fundado en el paradigma electroinformático, asignó a América Latina las siguientes funciones: a) productora de etapas inferiores –no estratégicas– de las cadenas productivas globales, fundamentalmente para la exportación; b) productora de alimentos y materias primas estratégicas para la exportación; c) espacio de valorización del capital ficticio, principalmente por medio de la deuda pública. No es difícil concluir que tales funciones significaron, en gran medida, una regresión económica en relación al patrón anterior.
Las razones de la aceptación de las burguesías latinoamericanas a este papel se explican por el mecanismo de funcionamiento del capitalismo en la región: al mantener la reproducción del capital basada en la compresión del mercado interno, sin la elevación sistemática de la productividad del trabajo – es decir, en un capitalismo fundado en la superexplotación de la fuerza de trabajo – no quedó otra alternativa a los países de la región que intentar mantener un equilibrio débil volcándose hacia el mercado mundial, construyendo un patrón de reproducción del capital orientado a cumplir aquellas funciones, un patrón exportador de especialización productiva.
Además de las conocidas consecuencias del neoliberalismo en América Latina, queremos señalar que el nuevo patrón significó un reforzamiento de la dependencia tecnológica con la intensificación de la subordinación a los sectores estratégicos de la producción mundial. La apertura de las economías de la región a los flujos internacionales de capital rompió los encadenamientos productivos manufactureros, como los de la industria de autopartes. También eliminó la capacidad de lograr una política industrial soberana, de definir y proteger sectores estratégicos. De esta manera, y puesto que en la etapa actual de la economía mundial la política industrial tiene que ser, a su vez, una política de ciencia y tecnología, la nueva posición de América Latina en la división internacional del trabajo canceló las posibilidades de un desarrollo científico y tecnológico autónomo en los marcos del capitalismo dependiente, no solamente por la presión de los países centrales, y mucho menos por la falta de visión de nuestras burguesías, sino porque la posición de América Latina en la economía mundial contemporánea es funcional al pacto de clases vigente. En otras palabras, a la gran burguesía latinoamericana no le interesa romper con su lugar en la DIT porque se beneficia de ella.