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Resumen de ponencia
Los Espejos Rotos de la Nación: Una mirada Crítica de la Violencia a través del Cine

*Cristian Muñoz Villegas



El pensarse y develar el conflicto en el cine –nos dice Hernando Martínez- comenzó a aflorar en la conciencia colectiva, a través de las muestras de Cine Colombiano que presentaba la Cinemateca Distrital de Bogotá por el año de 1973, en donde la situación política y social era poco visibilizada por la producción estética audiovisual y el oleaje de muerte que traía consigo la guerra civil no dejaba tiempo, ni siquiera para la tristeza.
Esta herida, produjo una profunda reflexión del acontecer cinematográfico sobre la situación del país, lo cual conllevo a explicar el imaginario social y depurar la realidad nacional. Aquí dos muestras de la capacidad narrativa sobre la violencia:
En confesión a Laura (1990) Dirigida por Jaime Osorio, el espectador es un lector de su realidad histórica. La película inicia con el desasosiego de la sociedad colombiana, específicamente en Bogotá tras la terrible acometida contra Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948, día histórico que da inicio con el periodo denominado por los académicos como violencia en Colombia, allí se lee una sociedad deshumanizada, aturdida y desatada. Dentro de un diálogo, se entreabre un telón de fondo de la escenografía de la vida común, una realidad latente de la historia del país, la muerte violenta, que ha sido interiorizada hasta el punto de ser naturalizada y hasta legitimada, tanto por los medios de comunicación, como por los discursos del poder y la población civil. Una cotidianidad alienada y que a su vez es alienante. De allí que el sujeto de la vida cotidiana se puedan expresar como Josefina (Vicky Hernández) cuando añade “todo es controlable para el gobierno”, una máxima que devela nuestra historia de vigilancia fratricida, en donde el “gobierno” contiene todos los agentes que hacen parte de la hegemonía, la cual domina y se han hecho con los hilos de nuestro hábitat, esos mismo que ocultan nuestra memoria y continúan lacerando nuestra Colombia.
Por otro lado Pvc-1 (2007) del director Spiros Stathoulopoulos. De nuevo el espectador como lector de su realidad histórica. Un collar bomba que cuelga del cuello de la madre, suspende al espectador y lo lanza al abismo de la guerra sin cuartel, del sicariato, del hecho cruel. Un acontecimiento real del 15 de mayo del año 2000 en una vereda de Chiquinquirá, en la que una familia fue víctima de la infamia, de esa violencia tan interiorizada en nuestra sociedad.
Todo esto nos lleva a un terreno conocido por las ciencias sociales, y es la lucha por la memoria colectiva, la cual está controlada por las industrias culturales y los mass-media de los poderosos que producen otro tipo de realidad e invisibilizan la violencia, el desarraigo y desplazamiento forzado que se vive en el país; medios que atentan la contra la conciencia atiborrándola de dramas mal formados, que no dicen ni enseñan nada; entonces, en oposición a ese sistema de reproducción cultural, lo que buscamos responder es ¿Cuál es el imaginario que nosotros tenemos acerca de la violencia, y cómo está nos interpela? Y ese imaginario se construye a través de la experiencia estética que nosotros tenemos del mundo, debemos transvalorarlo y constituir una cosmovisión que parta de la realidad misma, que visibilice la cruenta situación y organice modos de operar y formas resolutivas.
En un país atiborrado de desigualdades, en donde el 52% de la tierra la retiene el 0,4% de la población, en el que 14.3 millones de hectáreas, son aptas para la producción agrícola, y solo 4 millones de hectáreas son aprovechados, es la sociedad agrícola más desigual del mundo; además tiene el récord mundial de secuestros, con un índice de un secuestro cada seis horas, el índice más alto de desplazamiento forzado, superando sociedades muy conflictivas, que son el foco de los medios de comunicación mundial como: Ruanda, Bosnia, Afganistán, Kurdistán y Chechenia. Todo por la avaricia de la clase dominante del país, oligárquica y autoritaria, que lleva a predominar la injusticia social, por medio de una violencia sistemática y generalizada en contra de la población civil. La violencia ha implicado gran parte del presupuesto nacional, destinado para cubrir las condiciones y necesidades del a guerra, en donde la educación, la cultura, la salud han quedado relegada.
En fin el Arte es resistencia y no violencia




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* Muñoz Villegas
Universidad de Buenos Aires UBA. Buenos Aires, Argentina