Se exponen algunos resultados sobre las exigencias emocionales en el trabajo, de la investigación interdisciplinaria realizada por la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata (FCE-UNLP), dirigida por Julio C. Neffa en el año 2016. Dichos resultados aportan datos sobre los riesgos psicosociales en el trabajo en el sector de salud privado. La misma es parte de un proyecto mayor, el Proyecto de Desarrollo Tecnológico y Social (PDTS n° 422) “Los riesgos psicosociales en el trabajo. Relevamiento de la percepción y vivencias por parte de los trabajadores asalariados con vistas a su prevención”, aprobado por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). La investigación tuvo como objetivo reflejar las percepciones y vivencias de los propios trabajadores sobre su actividad, ya que ellos son los que mejor la conocen y perciben el impacto que tiene sobre su salud. (Neffa et al, 2017).
METODOLOGIA: La investigación se hizo en una Clínica de Salud Privada en La Plata. La muestra es no probabilística de 84 empleados de planta permanente, contemplando diversos agrupamientos, categorías profesionales, y turnos de trabajo. El enfoque teórico-metodológico fue adaptado al tema de los Riesgos Psicosociales en el Trabajo (RPST) abordaje de tipo cuali-cuantitativo. (Neffa, 2015 y Neffa et al, 2017).
ANALISIS Y CONCLUSIONES: Para alcanzar los objetivos del trabajo prescripto, los trabajadores deben poner en acto sus capacidades, usar su creatividad o astucia para hacer frente a errores, insuficiencias o desafíos. Esto genera o incrementa las tensiones y el sufrimiento quedando expuestos a las condiciones y medio ambiente de trabajo y a los riesgos psicosociales que predominan en el lugar trabajo (Neffa et al, 2017). Uno de ellos son las exigencias emocionales, por la movilización afectiva que los trabajadores deben realizar para controlar, dominar y/o esconder emociones, con el objetivo de dominar y moldear las emociones de las personas con las que interactúa mientras trabaja. (Gollac y Bodier, 2011). En este caso los trabajos del cuidado demandan un fuerte control de las emociones propias, en función de aquellos demandantes de un servicio de salud. La organización y los códigos profesionales imponen reglas sobre las relaciones sociales con los pacientes y su familia, colegas y otros colectivos de trabajadores. 4 dimensiones de análisis para evaluar las exigencias emocionales:
a) Estar en relación con el público. Poco más de ¾ de los trabajadores están cara a cara con pacientes, familiares y/o allegados. Altas demandas emocionales (88,9%) con alta frecuencia (siempre o casi siempre) en el trato directo. “Siempre y Casi siempre” un 63,8% de los entrevistados reciben demandas externas de pronta respuesta, y demandas mediatas el 27,6%. Esto requiere de quien asiste a personas con algún padecimiento, enfrentar “altas demandas emocionales” (Ansoleaga y Toro 2014). Se acompaña de demandas físicas y psicológicas importantes, reducida autonomía y escaso margen en el uso del tiempo (Neffa 2017:269-270). Estas altas exigencias restan al trabajador de la energía psíquica disponible para la gestión de sus estados emocionales y el control de los afectos de aquellos a quienes cuidan. b) Estar en contacto con el sufrimiento: Se analizó la situación cotidiana de sufrir tensión en las relaciones con el público, por interactuar con personas con un estado emocional vinculado a la angustia, preocupación o enojo. Además, la exigencia de control de las propias emociones se ve incrementada cuando la demanda recae también sobre la atención de control de las emociones de los otros. La mayoría está en contacto frecuente con personas en situación emocional angustiosa e inestable (58,8%), y que requieren ser contenidas (51,3%). El 15,9 % sufre tensión siempre o casi siempre en sus relaciones con el público, se infiere que dichos trabajadores se desempeñan en algún sector particularmente sensible. El contacto con el sufrimiento de los otros, y el requerimiento de “hacer algo con ello”, nuevamente pone al trabajador ante una exigencia de gestión emocional que no es inocua ni leve, y que apela a la identificación compasiva ante la vulnerabilidad del otro. c) Tener que esconder las emociones. Alto porcentaje de respuestas en relación a la necesidad de ocultar emociones o fingir buen humor (41,3% “A veces”, 23,8% “Siempre”). El sujeto gestiona estados de ánimo y produce emociones correctas para interactuar con pacientes o familiares. Esto se impone al trabajador o trabajadora como una carga adicional y específica, además de lo que podrían ser las demandas cognitivas o comportamentales (Ansoleaga E. y Toro JP, 2014). El 68,8% expresa que evita dar su opinión (en su mayoría a veces). Un 23,8% refiere que “Nunca”, proporción cercana a los que no atienden público. Se pone de relieve la necesidad de esconder los efectos que la dimensión emocional del trabajo produce sobre su subjetividad. Involucrarse emocionalmente en cada caso que atiende afectaría emocionalmente y en el correcto desempeño. Guardar sus opiniones cuando se las piden es parte de sus tareas para no producir más sufrimiento. El “silenciamiento” de las emociones o pensamientos puede estar referido también a la relación con los compañeros de trabajo, para sostener la convivencia laboral y la cooperación necesaria para la realización del trabajo: un 57,2% (nunca y casi nunca) experimenta situaciones de tensión con los compañeros. El 37,5% expreso “A veces” y un 5% que “Siempre o Casi Siempre” experimenta tal tensión.
d) Tener miedo (necesidad de esconderlo o controlarlo). Un 81,3% de las personas expresó “Nunca” sentir miedo, el 7,5% refirió “Casi Nunca” y el 11,3% expresó haber sentido miedo alguna vez. Las personas que se enfrentan a tareas que implican riesgos para su salud y la de otros, o que los exponen a grandes montos de sufrimiento, desarrollan diferentes estrategias (individuales o colectivas) para poder arreglárselas con lo que la realidad impone. Dichas defensas operan por medios simbólicos como el ocultamiento, uso de eufemismos, desvíos de la atención o pseudo-racionalización, sobre la realidad psíquica y no sobre los riesgos o causas de sufrimiento en si. Con esto se corre un riesgo más: se pueden generar rutinas y/o hábitos de trabajo dañinas para la salud (Neffa, 2015). Comentarios de los propios trabajadores dan cuenta del temor vivenciado como angustia, sensación de impotencia, dificultad para concentrarse, continuar pensando en su trabajo cuando no está trabajando. Las experiencias de sufrimiento del trabajador generadas por conflictos éticos y de valores, donde el 15% respondió haber padecido comportamientos de hostigamiento, desprecio, acoso, etc, mayoritariamente por parte de personas pertenecientes a la misma organización. La motivación atribuida señala mayormente variables organizacionales: clima, cultura y rol/posición, que son algunos de los factores determinantes del trabajo emocional (Martinez Iñigo (2001).
La salud y los servicios que se brindan para su atención y sostén de la vida, se han convertido en las últimas décadas en objetos de consumo y de derecho, como parte del derecho a la salud y a una atención de calidad. La vivencia de trabajadores de la Clínica Privada muestra que la formación y experiencia profesional no protegen de padecer ansiedad y sufrimiento ante la situación laboral cotidiana de interactuar con el público, en sus demandas inmediatas o mediatas por recibir atención a su salud. Esta interacción tiene la particularidad de vehiculizar estados emocionales vinculados a la angustia, preocupación o enojo de aquellos a quienes deben atender. La producción del cuidado elabora estos productos inmateriales y de índole afectiva, como el acogimiento y los vínculos. La cooperación y consentimiento a las reglas de convivencia, son fundamentales para sortear los inconvenientes y desafíos de la actividad de trabajo. La característica de invisibilidad del mismo constituye un riesgo psicosocial para trabajadores y trabajadoras que realizan actividades de cuidado. Dificulta el reconocimiento de los otros, del compromiso afectivo, cognitivo y físico de los trabajadores hacia su trabajo. Asimismo la invisibilidad colabora junto a las estrategias defensivas en ocultar o desestimar los importantes y variados riesgos presentes en el ámbito de la salud cuyo impacto directo es en el cuerpo, pero el mayor estrago es sobre la salud mental.